sábado, 10 de julio de 2021

HOMENAJE PÓSTUMO AL POETA ANCASHINO ROMÁN OBREGÓN FIGUEROA - ESCRIBE ÁNGEL LAVALLE DIOS

 


RÍO, CORDILLERAS Y RETAMAS

(Escrito en Trujillo, el viernes 23 de abril de 1993)

ÁNGEL LAVALLE DIOS

Román Obregón Figueroa (ROF), caracino de 1936, el “poeta de los espejos”, como lo llaman sus editores de la “Atun Huaylas”, es profesor de castellano y literatura egresado de San Marcos, y un prolífico creador édito: “Tono de júbilo”, “Cuaderno del damnificado”, “Canto a mi tierra”, “Testimonio del hombre y del árbol”, “Caraz amor”, “Itinerario de luz”, “País de acuarelas”; y las que fojeo: “Tienda de baratijas” y “Circo de barriada”.

Estas breves, y siempre insuficientes notas, se las debemos a las preocupaciones y diligencias de nuestro buen amigo y poeta Víctor Hugo Alvítez Moncada, a raíz de un reciente envío de Román Obregón, el “poeta de los espejos” que incluye, también: “Río”, revista literaria carabina No. 04 de la AEPA, dirigida por él; y, el libro: “Flores y ensueños” de José Evaristo Santamaría Cruz, prometedor decimista y mi paisano norteño, prologado por Román Obregón.

El Callejón de Huaylas sigue siendo para mí bello y sorprendente por sus cordilleras y su río, y más por su alma; la naturaleza tiene, allí, la fortaleza, la altura, la claridad y la alegría de sus gentes: indoblegables, persistentes, luchadores, querendones, amorosos, soñadores, inmortales. Un solo detalle me extasía nuevamente con los recuerdos de hace veinte años, como si fuera hoy, cuando el Callejón me impactó con sus colores, la música nocturna del “Santa”, las inmensidades de sus cordilleras, los inquietantes misterios de sus simas, el olor de las retamas carabinas, las ferias de los domingos, los cohetes de las fiestas y los huaynos, la gente con sus bandas y sus huaycos, la chicha y sus guitarras janguinas.

Un viaje somero por el espíritu de los creadores caracinos que se nos acercan como Román Obregón, nos invita a una transitoria conclusión: allá la naturaleza no pinta. Manda el hombre, con mil problemas y amenazas, pero manda. Y canta bien, urgido por la vida con sus carencias y frustraciones; soñando, añorando, zahiriendo, ironizando con fino estilo; conscientes de las precariedades humanas, pero igualmente de las propias pertenencias hurtadas, sustraídas , y de las existentes múltiples posibilidades; de las debilidades nuestras: egoísmos, vanidades, envidia, indiferencia, omisiones, zancadillas; y, lo más importante, nuestras plenitudes: optimismo, alegría, amor, mucho amor por la tierra, por el pueblo marginado y desoído, por el Perú, por el género humano, por todo aquello en lo que enraízan nuestros sueños y nuestro apego a la vida, ¿aunque sólo sea?, por “…un huayno en mis labios”. ¿Qué más Román Obregón?, ¿Qué más “Río”?

Ya quisiera yo las herencias que le tocan al epistolar Humberto Ortiz Pajuelo, o la jocosa y estimulante ironía de Oscar Espinoza Torres, o las premoniciones de Teresa Espinoza de Martínez, o el sumatorio compromiso de Manuel Arteaga el toribino de los “Escalones”. Es, de verdad, un “Río” verdadero, verde como la esperanza, claro, elegante, sobrio, poderoso; seguro, convencido y convincente, con la seguridad y el convencimiento de Eder Rodríguez; angustiado con Javier Milla, pero esperanzado como debe ser; original y estimulante como Gerardo Zavaleta; épico con V. Ortiz Dextre; enamorado con Santiago Montalvo. Y ¡qué prosa!, la prosa de nuestro pueblo ¿verdad?: legendaria, proverbial, picaresca (Román Obregón, Teresa Espinoza, José Collantes). También “manzana de caramelo” para los niños de las manos de los niños con su maestra. Muy acertada y original la inclusión de esta página para los niños. Y oportuna también la cuarteta de José Santamaría: “La vida es un pagaré/ que firma Dios para sí/ la cantidad pone el tiempo/ y la muerte el recibí”. A mi padre, hace poco fallecido, solía gustarle decirla con la variación: “que firma Dios al nacer”. Me parece de mucha importancia y utilidad el trabajo de recreación del coplero y de todos los productos de la imaginación popular, muy al estilo de Marco Antonio Corchera con las Cachuitas de Contumazá, o en el del mismo nuestro Óscar Colchado Lucio con lo más delicado de su prosa serrana. Vale.

Todo un trabajo cultural y artístico de Román Obregón Figueroa que ratifica la buena calidad, el abundante, inagotable y renovado potencial literario de Caraz y del Callejón de Huaylas; un vigoroso producto de las canteras literarias ancashinas, en permanente y pleno proceso de floración, a la vista y en las manos de numerosos y buenos floricultores, para confirmarnos –por sí las dudas-que en verdad allí se producen las más hermosas, fragantes y mejores flores del Perú ¿Quién se atreve a negarlo?

 


ROMÁN OBREGÓN FIGUEROA, 

RESIDENCIA Y HOMBRE

(Prólogo escrito en Trujillo, el miércoles 30 de agosto de 1995, para el libro de poemas: “CALLEJON DE HUAILAS: Itinerario de luz”, de Román Obregón Figueroa, publicado con auspicio de la Municipalidad Provincial de Huaylas, en setiembre de 1995).

ÁNGEL LAVALLE DIOS

I

AMOROSO SAUCE

Román Obregón Figueroa, caracino de 1936, nos convoca de nuevo sobre su inagotable vena lírica que, a la usanza de sus glaciares transparenta, con sus mensajes de color, de luz y de ternura, más acá de sus anteriores poemarios: “Cuaderno de damnificado” (1970), “Testimonio del hombre y del árbol” (1974), “La luz descalza” (1980), “País de acuarelas” (1982), “Tienda de baratijas” (1992), “Circo de barriada” (1993), reseñadas en el No 12 de “Bellamar, revista científica y humanística” que, a propósito, nos ha proporcionado las últimas noticias que sobre Obregón Figueroa disponíamos hasta hoy en que Lorenzo Samaniego Román, el artífice de La Razón ancashina, nos permite el honor de sobrevolar los emergentes paisajes del Callejón de Huaylas y el alma quechua en Román Obregón.

En este trabajo: “CALLEJÓN DE HUAILAS: ITINERARIO DE LUZ”, se evidencian tres partes, a saber: el entorno natural, el entorno sociocultural y las vivencias del autor. Sus escenarios son el Callejón de Huaylas, las ciudades ancashinas que sobre él se asientan, y la diversidad de coloridos y complejos paisajes naturales y humanos que sobre aquéllos se desenvuelven, a la vista de quienes son sus cotidianos protagonistas y testigos. En su trama, Román Obregón se nos devela no sólo como ansioso peregrino que remonta los espumosos pasos del “Santa” para venerar los orígenes de la vida en las más altas cimas, sino también como amoroso sauce que a la orilla acoge la rumorosa voz del agua, fuente de imperecederas y delicadas canciones. Y nos las dice delicada y finamente porque ha aprendido bien, como el “Santa”, a penetrar las duras murallas del lenguaje para confesarnos con regio lirismo su más íntimo sentir y sus quereres, aquéllos sobre su más inmediato entorno de los que se nutre su estro, hecho para las loas y el amor. Con su pincel más afinado, Román Obregón nos acerca al inmenso mural que es el Callejón de Huaylas, en una panorámica de sur a norte, desde Recuay hasta Caraz y el Cañón del Pato, sin descuidar los nevados y su savia sempiterna, el río “Santa”; las frutas, los dulces, las aves, los personajes típicos, los parques, las canciones, los sueños, las inquietudes, las esperanzas del hombre y del poeta vibran y enternecen en sus inspiradas cuerdas.

II

ESTIRPE DE ZORZALES

En Román Obregón Figueroa toma forma, ahora, una de las expresiones más altas de la lírica ancashina en las huellas de su más connotado antecesor santeño Benigno Araico Baca. Obregón Figueroa no sólo vive y descubre la belleza y la verdad del entorno, sino que la traslada con destreza a las palabras para que nosotros vivamos la doble experiencia de realidad y poesía, propósitos que muy raramente se logran. Y así, en Román Obregón Figueroa transustáncianse residencia y hombre, como escenarios natural y humano, se intercambian y fluyen de uno a otro, de la forma más natural, en comunión única y total, porque los contenidos se emparentan. Ahora son los héroes (como Atusparia) y la historia sobre pedestales de geografía y hombre, donde el pasado enorgullece por sus luces de libertad y el futuro se atisba en cada aurora porque, felizmente, está el río y la lluvia savias que maduran toda esperanza. Luego, son también los héroes de la civilización como Santiago Antúnez de Manolo, mano que domeña y domestica licuando luz. Son también los lares de la querencia que proveen y guardan despensa, sosiego, recuerdos, compañía para vivir e inspiración para cantar. Con ellos se identifica Román Obregón Figueroa a la manera de Midas y Prometeo. Por esta condición, Román Obregón se emparenta y continúa el camino de esa vieja estirpe de zorzales ancashinos en los que la pródiga tierra Chapín se mantiene incólume y despierta, a despecho de tiempo y todo. Y así también las plumas del huarasino Francisco Gonzales, del aijino Mauricio Mejía Moreno, del huailino Manuel Arteaga Rosales, del carhuasino Cristóbal Bustos Chávez, del huallanquino Óscar Colchado Lucio, del chimbotano José Gutiérrez Blas, del casmeño Julio Ortega y del ya citado Benigno Araico Baca.

Román Obregón Figueroa es no sólo un hito de tradición literaria y lírica en Ancash; su postura poética y humana asienta también en la tradición nativa que renace y florece sobre lo nuestro, avasallado por lo exótico extranjero con fuerza tal que, dado el tiempo de su penetración y vigencia, ha desnaturalizado de tal forma nuestros valores y mentalidad, que parece imposible remontar. Así se traduce en el temperamento de Obregón Figueroa, se emociona legítimamente con sus lares queridos pero desilusiona de sus congéneres y del destino que nos toca como mortales; pero, esto, evidentemente como coyuntura que aún no se logra

superar y no como fin, ni en lo social ni en lo personal, porque de seguro nos sobran “alas/ para alcanzar el viento/ del pueblo”; y en lo postrero no es la nada la que espera sino vida, como retorno y reintegración a nuestra madre grande, la tierra: “La lluvia arrecia, me integro al huayco”.

Entre tanto, los menesteres sublimes del arte deberán seguir acercando a Román Obregón Figueroa más hacia sí mismo, sobre los rastros pero sin las huellas de sus preferencias literarias y poéticas y reteniéndolo entre nosotros como miembro honorario del Movimiento cultural “Bellamar” chimbotano, en cuyo hogar Ernesto Cedrón y Víctor Hugo Alvítez Moncada han esculpido ya méritos y homenaje, que reconocemos y seguiremos celebrando.

(Homenaje póstumo al poeta Román Obregón Figueroa, 

de Caraz, fallecido el 8-07-2021)


 

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