jueves, 12 de septiembre de 2013

ARNULFO MORENO RAVELO (TAUCA, PALLASCA): EN EL AZULINO VERDE PASTIZAL DE LA MAÑANA - POR CARLOS GARRIDO CHALÉN

ARNULFO MORENO RAVELO: 

EN EL AZULINO VERDE PASTIZAL DE LA MAÑANA

 Carlos Garrido Chalén

Herbert Marcuse, repitiendo a Freud, decía que la historia del hombre, es la historia de su represión; que es la cultura la que restringe no sólo su existencia social, sino también la biológica, y no sólo partes del ser humano, sino su estructura instintiva en sí misma; pero que, sin embargo, tal restricción es la precondición esencial del progreso. Para el autor alemán, que tuvo a Husserl y a Heidegger como maestros en Brisgovia, aplicando la fenomenología a las cuestiones ontológicas e indagando sobre el ser en sí mismo, después de Hegel, el Eros incontrolado es tan fatal como su mortal contrapartida: el instinto de la muerte.

Marcuse sostenía en su obra “Eros y civilización” que las fuerzas destructivas del Eros, provienen del hecho de que aspira a una satisfacción que la cultura no puede permitir: la gratificación como tal, como un fin en sí misma, en cualquier momento; y que por esa razón los instintos deben ser desviados de su meta, inhibidos en sus miras. La civilización empieza, según él, cuando el objetivo primario, o sea la satisfacción integral de las necesidades, es efectivamente abandonado.

El abogado, poeta y escritor pallasquino Arnulfo Moreno Ravelo, no cree como Marcuse, que los impulsos animales se transformen siempre en instinto humanos bajo la influencia de la realidad externa. En su obra “La aurora natural”, que es un ensayo prodigioso del naturalismo expresivo que él mismo ha inventado, no entra a las disquisiciones metapsicológicas que atormentaron al pensador alemán, pero en sus “entreabiertas burbujas sueltas teñidas de arrebol”, logra sin querer demostrar que los instintos del hombre están a favor su naturaleza antes de que la cultura los mimetice y transforme y también los reprima.

Para Moreno Ravelo, “la vida, sólo es un color licuado de arte”, enfrentando “los duros contratiempos del rayado destino” (“el amarillo contenido del trigo partido, esparcido debajo de la sombra”, “cuando repintando el alba, en cada rayo se agranda la esperanza”.

En su obra monumental, de la que podrían salir diez libros sucesivos más “como una sombra alargada de abismo”(“sobre la nitidez de la mañana quisiera escribir mi deseo de amarte y acariciar la brisa con las manos encrespadas del tamaño del mundo”)(ahora que “el sol ha hecho su tiempo circular de ausencia), el ancashino nos abruma con esa voluntad de entregarse sin devaneos a la generosa descripción de una naturaleza que está allí, a tiro de piedra, al alcance de todos, pero que sólo personas sensibles como él, logran describir, con la luminosa aquiescencia de un poeta genuino.

“Como un libro abierto en la tierra sembrada”, Moreno Ravelo nos lleva hacia límites impredecibles, aunque a veces “en el grosor del silencio, rayado al borde de la luz de aurora, se va parchado de sufrimiento al precipicio” y “en la última cuadra diseñada del olvido” aquieta su emoción “en el completo cero de la nada”, “como péndulo de campana sobre la cuesta dolorosa de la tierra”, “como un camino fallecido a la distancia”.

En “Aurora Natural” un ensayo poético, que coloca a la naturaleza como principal protagonista, no hay “esa luz apagada de cementerio que termina en el fondo del abismo”, sino un amor “levantando el estallido del ajuste”, por los colores y las formas de la vida que se percibe en el cielo y en la tierra, en “el empezar del color manuscrito de la rosa”.

“Como un abierto mundo en una herida”, el poeta va a sus fuentes de inspiración, con absoluta dignidad, a veces “sin advertir la insonoridad del ruido”(“mientras por sobre los surcos del rostro envejecido, en color de tempestad se descuelga la paciencia”, “la benevolencia nublada del viento”, ”el sol de plata mirando de costado dispuesto a hundirse en el aire frio de la cumbre”) o que “una luz violeta de tono apagado endurece la voluntad de las cosas” positivas.

“En donde la luz coagula como una lágrima de cristal” “tantas bocabajadas alegrías” el poeta y escritor, abogado por añadidura, observa “por la rendija de la puerta del día” esa alborada “volteada de luz” que “besa el alba” aunque gima la tierra y las nubes tomen distancia con la vida y termine “desmoronándose de universo” y “el cielo desatándose” de dudas.

Moreno Ravelo sabe su oficio, y por eso puede ver con los ojos del alma, “las aberturas del cielo, dilatándose en sus lumbreras y en el cóncavo asombro” de su canto.(“delicadamente cincelado de una prudente y sincera eternidad”, allí donde “el firmamento cuelga como una gota de agua seca” y “el despuntado amanecer asciende y desciende desbocado y regañón”, inmotivado.).

Cuando él dice: “la luna alejadamente voló hecho un cristal de plata destruida. Esa abandonada paciencia de caminos” “como un cubo inclinado en la lejanía, sostenido en el deletreado ángulo del tiempo” o cuando describe “las amplias oscuridades de contratiempo, cubriendo irremediablemente los cerros desganados” (“cuando se impone el instinto, los caminos no comienzan ni terminan”), no es empujarnos disimuladamente (“de abierta rosa se perfuma la sombra) adonde “la anónima oscuridad no llega, sino mostrarnos su visión de profeta y peregrino (“te das cuenta, que te hace falta un paso menos de retroceso en la mirada”, ”calando hasta el escapado profundo se riega de frío el sabor amargo”, “delgado de amo”, sobre “el vacío en redondel del miedo”, “envuelto de olor a incienso de un domingo”, “enmudecido de lejanía, en voltereta de horizonte”” la tarde va cayendo a plomo sobre el lomo de la horizontal tristeza”).

Arnulfo Moreno Ravelo sabe “agujerear la forjadura del pasado” y que “batiendo su destello de hoja al aire perdido de cuesta se llega al firmamento” y en “puntillas de aurora”, “vestido de vida” “cargado de viento” “aprovechando la exterioridad soltada de alguna empezada partitura” se deslinda “desclavado de amanecida”, para mostrarnos “la profundidad del firmamento” (“rascando el blanco cerezo del cielo”), esa “cristalina casa del alba” – “tendida el agua”, “la luna arrimada a un costado de la altura” - en la que la “luz descollada de aurora se define.(“nada ha demostrado la contrariedad del polinomio, menos la sepultura del factor recuerdo”).

Y “en las entradas y salidas” de esa travesía, - “en la sensación del resultado” -“rodando por la fría oquedad de los salientes”, “removiendo el aire bajo el puente”, “asomado al centro del reencuentro”, él –“teñido de retirada” -define los contornos vivenciales de una literatura noble, permisiva que se nutre de la propia vida ( no importa que “sobre la sequedad de los campos estén distantemente desunidos los abismos”; y que “como un oloroso membrillo de antigua planta”, “el sol bruña las ennegrecidas piedras, penetre en los escarpados cerros y repose en las faldas de las cumbres que se elevan hasta el cielo”). No importa que “las ideas se enreden con el viento” y “encorve de azul el firmamento”.

Fuente:


LIBRO "LA MONTAÑA DEL JURAMENTO" DE CARLOS GARRIDO CHALEN 


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