sábado, 24 de agosto de 2019

EN EL DÍA DEL CAFÉ PERUANO - POR JUAN RODRÍGUEZ JARA (AEPA, PISCOBAMBA)


.LOS SECRETOS DEL CAFÉ DEL MARAÑÓN

Por Juan Rodríguez Jara

Son las 6 de la mañana y los caballos están ensillados. También está lista la alforja: trozos de queso, jamón, panes, cancha y agua de orégano. En la mesa del comedor el patrón don Rodrigo toma desayuno con sus hijos mayores, Julio y Arcadio, los menores duermen todavia. El sol está por salir. Humeantes tazas de café, pero de cebada, cierran el menú matinal. "El aromático café se nos ha acabado", dice apenada la cocinera; terminan y caminan hacia los equinos: "Belga", "Chileno" y"Blanca".

Para traer la carga acompañan los comuneros Fausto Agurto y Shanty Sifuentes. Jalando las yeguas Pasavante y Chuno. Como balseros van Hualcho Agurto y Aurelio Carranza. Viajan para traer frutas y el aromático café que se siembran en el predio de Ollas en la ribera derecha del río Marañón.

Pasan por senderos tortuosos de recodos cerrados, flanqueados de arbustos de chilcas y tayas. A dos horas de recorrido se hace ameno el viaje gracias a las avecillas que trinan sobre las copas de los molles, guarangos, sauces y magueyes, tapizados en sus bases por plantas de inncienso, que emplean las sahumadoras en las procesiones. A unos metros del camino están los restos arqueológicos de Caullín, donde en la época de la dominación española se fundían campanas para las iglesias del Virreinato del Perú y las capillas de Piscobamba (Ancash).

A orillas del Marañón las plantaciones tienen cercos de madera para impedir el ingreso de los animales. A 200 metros de distancia pacen manadas de vacunos. Una hora después arriban a la casa del hortelano Llushaco, quien cuidará los caballos mientras cruzan el río en una balsa.

Al cabo de unos minutos de travesía llegan a la vivienda del hortelano Dolores Caldas y hallan a su esposa Victoria e hijos, solamente. Don Rodrigo entrega un obsequio a doña Victoria, luego recolectan granos maduros que penden de las ramas del cafeto. Todos protegen sus manos con trapos para evitar lesiones. Al ponerse el sol culminan el acopio de granos y frutas, pero es muy tarde para retornar a la otra orilla, el río ha elevado su caudal y tienen que pernoctar en casa de don Dolores.

Con el alba despierta don Rodrigo y siente un exquisito aroma que viene de la cocina. Se acerca a doña Victoria. Aquí el dialogo:

- Ese rico aroma ¿de qué es doña Victoria?

- Es del arbusto del cafeto que utilizamos como leña.

- ¿Por qué ustedes destruyen plantas tan costosas?

- Cuando la planta del cafeto envejece, se seca y ya no da fruto, por eso la utilizamos como leña.

- ¿Y cómo se obtiene un buen café, doña Victoria?

- Es un secreto que hemos heredado de nuestros mayores. Voy a compartirlo con usted porque es una persona generosa: las semillas se secan al sol durante unos días. Luego se seleccionan las mejores y descascaran con sumo cuidado en un batán o un mortero. El tostado de los granos tiene que ser en tiestos de barro y con leña de incienso, cuya fragancia envuelve el tiesto juntándose con el aroma del café durante el tostado. Después se hecha a un recipiente y se tapa con un tocuyo para que el café nade en su propio humo hasta enfriarse. El café tostado se guarda unos días en un lugar seco y oscuro. Es recomendable moler el café el día que se va a preparar la infusión. Se puede pasar en una cafetera o simplemente utilizar un colador de tela. Las entendidas en tostar café son escasas en la zona. Los aromas del incienso y del café tienen que compenetrarse en tiempo y temperatura, ideales, porque el incienso baña a Dios y el café eleva el espíritu del hombre al cielo.

*** 
 
 El viaje de retorno a la hacienda fue un tanto difícil por el peso de la carga y lo accidentado del camino, pero satisfactoria por los secretos que don Rodrigo lleva en la mente. 
 
"El café es sinónimo de alegría y de nostalgia al mismo tiempo", comenta don Rodrigo, quien después del último sorbo de café preparado con los secretos del Marañón duerme feliz, arropado por su aroma y los recuerdos... 
 

Fuente:

Juan Rodríguez Jara, poeta y escritor Ancashino
 

Walter Vidal, Elmer Neyra y Juan Rodríguez
 
 
 
 
CAFÉ HECHICERO
 
Por Juan Rodríguez Jara

Te conocí cuando cruce en balsas;
vivías con el río Marañón amores.
Me cobijaste con tus encantos
donde conocí tu flor blanca
cual velo de novia de los Andes.
 
En días apareció tu fruto rojo
con su jugo dulce embriagador
y tus tres vestidos que sacar,
un baño de sol para secar
dejabas salir tu fruto mellizo.
 
Buscando fogón, llamas tiestos
nadando en calor te bronceas,
para luego convertirte en polvos
y en cafeteras filtrar esperanzas,
en armonía con el azúcar en tazas.
 
Tú tienes hechizos sublimes
llegas juntar amigos en citas.
Amarras diálogos secretos
cautivas corazones en amores
con cada sorbo que embriagas.
 
Cuando llega el crespón negro
en despedida guardas suspiros,
para juntar recuerdos y dichos
que llenan parientes y amigos,
en abrazos y adioses a solas.
 




JUAN RODRÍGUEZ JARA: 

 LA  GRANDEZA HUMANA DE SU OBRA LITERARIA
 
 Por Armando Alvarado Balarezo (Nalo) 
 
“AEPA sobrevivirá al tiempo,
 en la medida que sus poetas y escritores
 
 suban los peldaños literarios como hermanos”. 
Luis Albitres Mendo 
 
“Hacer poesía es la posibilidad de componer versos, expresar un sentimiento, procurando dar encanto, mediante las palabras.  Es la conquista de un mensaje bello, una idea quizás sorpresiva emerge y derrama algo de hechizo…”. Tales las primeras palabras de la extraordinaria Presentación que hace Elmer Neyra Valverde al poemario “AROMAS DE LA TARDE”  de Juan Rodríguez Jara. .
 
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Plaza de Armas de Piscobamba
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Así como el arcoíris es el mítico reflejo de las caricias entre el Sol y la lluvia, que llena de embeleso la mirada; así también, traducidos en palabras del alma, brota diamantino el sentimiento de todo poeta y escritor telúrico, de ahí que la obra literaria de Juan Rodríguez Jara respira hondo el aire limpio de las cumbres ancashinas, creaciones pobladas de sonidos e imágenes en una relación dichosa con nuestros campos añorados. Verbo de amor sin límites  por el terruño que mana de las entrañas de un escritor y poeta de talento vigoroso y puro. 
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El ambiente bucólico y la fascinante naturaleza genésica de Ancash influyen sobremanera en su personalidad, forjándolo generoso y fraterno como los ríos, los árboles, los pájaros, los sembríos, los glaciares..., de ahí que, conocedor a ultranza de la responsabilidad social que tiene la literatura para los pueblos de tierra adentro, se suma a este noble propósito desde sus años tempranos, alternando verso y prosa de genuina sinceridad vital, trocando en poesía y relatos el quehacer campesino y los encantos de la ¨Novia de los Andes¨, su amada Piscobamba, creaciones que son acogidas con simpatía por reconocidas antologías del mundo literario, como "Palabra en Libertad" de ediciones "Amantes del país", Revista Cultural de Áncash-AEPA e Instituto de Cultura Peruana-Miami, por ejemplo, y han merecido importantes premios a su autor. Todo ello impregnado de un panteísmo inmanente donde su casita de Tullubamba, el apu Huáncash, el eucalipto centenario de la Plaza Mayor de Piscobamba, los viejos caminos, su escuelita 304 y las personas con sus usos, costumbres y tradiciones, se funden con la Pachamama y fulguran como altares sagrados en su obra escrita. 

 

 
 
Basta leer sus relatos “SEQUIA EN LOS ANDES”, páginas 165 al 198, del libro “PALPITAR DEL ANDE”, y “LOS SECRETOS DEL CAFÉ DEL MARAÑÓN” difundida en la prestigiosa revista internacional “TIEMPO NUEVO” de Miami, para confirmar que su universo narrativo se nutre, principalmente, de los paisajes de la Sierra y de la lucha por la existencia en el ámbito rural cuando la lluvia no retorna a tiempo, vida de campo con sus faenas encallecidas de esperanzas fallidas, desventuras y creencias por doquier, con esa ternura arrobadora de los hombres, mujeres y niños de fuerte raigambre familiar, que a pesar de la adversidad y del abandono estatal, viven en paz y armonía con la Madre Naturaleza y las Leyes del Cosmos. 
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Los poemas de Juanito son himnos de añoranza, fuertemente asidos a las raíz  telúrica de su querencia que la distancia robustece, como aquellos robles de frondosa copa que se resisten a dejar el suelo que les dio la vida, pues de muy joven abrazó la profesión de Policía, que ejerció como un sacerdocio a lo largo y ancho del país hasta su jubilación, con la misma pasión y entrega que la ciñeron los héroes y mártires de la noble institución policial. Las condecoraciones recibidas a lo largo de su fructífera carrera dan cuenta de su apostolado itinerante en bien de la tranquilidad y la vida.
  
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El binomio: POLICÍA / LITERATURA, fundidos en un solo corazón, ha hecho de JUAN RODRÍGUEZ JARA un ciudadano ejemplar, comprometido hasta la médula con su amado pueblo, compromiso social, moral y espiritual que enaltece la grandeza del género humano. Un verdadero orgullo de su tierra natal Piscobamba, AEPA, del colegio "LA LIBERTAD" su querida Alma Mater y la Policía Nacional del Perú.
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