domingo, 3 de septiembre de 2017

3 DE SETIEMBRE: SEGUNDA TARDE TAURINA DE LA FIESTA DE SANTA ROSA EN CHIQUIÁN - POR ARMANDO ALVARADO BALAREZO (NALO)

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03 DE SETIEMBRE

(Día del Inca y Rumiñahui)
 
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Segunda tarde taurina
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Es organizada por la Municipalidad y los comisarios (donantes de toros bravos). Desde muy temprano el Capitán, su comitiva, el Inca y su séquito visitan la casa de los comisarios para continuar con la Pinquichida donde se consume hasta la última gota del licor sobrante de la fiesta y los pocos panes duros y las jaratantas que quedan. 
 
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En esta corrida la asistencia de público es menor, pues muchos visitantes ya retornaron la anoche anterior a sus lugares de procedencia. En contadas ocasiones la cantidad se mantiene o es superada, sobre todo cuando cae fin de semana y acuden presurosos muchos paisanos de los problados cercanos. También depende de los toros y toreros que lleve al ruedo la autoridad edil. Si el toro deja regados a su paso: chalinas, ponchos, sombreros, capas, pañuelos y cuerpos tendidos con los brazos en cruz, las pallas cantan "Viva, viva Comisario", y la banda, para no quedarse atrás, entona la mejor melodía de su repertorio.

Después de la corrida, casi a oscuras, se inicia el lento movimiento de camiones y omnibuses; se desarman las palincas y viene la marcha de las sillas, sogas, bancas y pellejos, mientras muchos borrachitos 'heridos de muerte' más por el 'racumín' ingerido que por los pitones de los bravos, duermen adormecidos en algún lugar de la plaza, sin llanques, poncho, sombreros y ni un sol en los bolsillos que los alumbre durante el retorno a casa.
 
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A partir de este momento comienza el desfile de vehículos por Caranca con destino a Huaraz, al norte del país y a Pativilca, Barranca, Huacho, Chancay y Lima. Muchos rostros soñolientos y media centena de corazones nostálgicos deambulan como fantasmas por el pueblo, la mayoría con la barba crecida, los labios reventados por el calor de estómago de tanto libar chinguirito, y algunos sin haberse cambiado de ropa durante la festividad. Un inesperado bebé nacerá nueve meses después, muchos planes para el próximo año, promesas, juramentos y nuevas historias de amor sobre el kikuyo bajo la cómplice luna de Maraurán.g
 
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¿Pero qué hacíamos muchos niños traviesos durante las corridas cuando la plaza era techada? Algo fantástico, pero de 'mal de ojo': recorríamos debajo de las palincas levantando la mirada hacia el ralo entablado, que al no estar machihembrado, nos permitía ver lindos encantos lampiños en una pasarela abarrotada de orlados sombreros de futuras pallas de faldellín. A la mañana siguiente, el 'santo orzuelo' adornaba nuestros párpados.

Ya en la noche de la primera corrida me quedaba en la plaza de toros a cuidar los camiones de mi papá. Hacían lo propio Tocho, Iván y Papi Robles, los nietos de don David Aldave Proaño de Jupash, entre otras perlas con quienes detonábamos las bombardas que quedaron regadas intactas después de la Entrada y la primera corrida. Con certeza, más de uno se quedó sin uñas durante el estruendo, que repetíamos hasta que se agoten todas. En las palincas los comuneros calentaban la noche con chinguirito y las caricias de una damisela entre el pellejo y la jerga.

Cerca de la medianoche recreábamos una menuda corrida donde Patuco Calderón hacía de 'nunatoro' utilizando dos avellanas difuntas como cuernos y un pedazo de pellejo sobre el hombro. Los novilleros en miniatura que más se lucieron a inicios de los sesentas fueron: Genaro Aldave 'Lulu Lapicho', Carlos Palacios 'Cañita', Adolfo Calderón 'Lipat', Manuel Alvarado 'Sapra mañuco junior.', Antonio Núñez 'Anchita', Aniceto Carhuachín 'Añico', Milo Alvarado 'Pichinita', Miguel Ramírez 'El cuye', Héctor Jacinto Robles 'Tocho' y su hermano Iván Filomeno quien años más tarde ingresaría por la puerta grande a las ligas mayores de la tauromaquia provinciana. Después del entretenimiento taurino dormíamos soñando con una manoletilla o una chicuelilla, dependiendo del estado del coso.
 
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GALERÍA FOTROGRÁFICA

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Construcción de palincas
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Primera tarde de toros
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Pinquichida y segunda tarde de toros
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TOROS Y NOVILLEROS
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Autor: Armando Alvarado Balarezo (Nalo)
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Los toros
 
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Los bóvidos que salen al ruedo chiquiano provienen de las ganaderías enclavadas en las estribaciones del Jirishanca y la puna bolognesina a más de 4,000 metros de altura. Algunos comisarios llevan novillos de casta a pedido de los novilleros profesionales contratados.
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En los años de mayor realce de la fiesta brava chiquiana (décadas del 50 y 60), brillaron con luz propia los astados de don Pedro Gamarra, cuya ganadería se hallaba alrededor de la laguna de Jahuacocha. También de la familias Bustamante y Pozo de Huallanca; de don Ernesto Vásquez en las alturas de Yanashalash, y del profesor Manuel Roque en Pache, ambas en Aquia.
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Detrás de estos ágiles y fuertes toros obran muchos años de labor del ganadero, amén de los callados parajes donde el toro pasea calmo su bravura.
 

 
Comentan los expertos, que la madre por instinto oculta a los ojos humanos la ralea de su cría. Ya con los meses los juegos entre los becerros advierten al criador la casta de los pequeños; es cuando empieza su cuidado entre el frío y la soledad de la llanura.
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Parafraseando a los duchos criadores de bravos: "el trapío, el color, la bravura, el poder y demás características de los toros, dependen del lugar de procedencia, en una suerte de 'contagio' con el medio natural".

Después de un trabajo paciente, a los cuatro años el toro está listo para realizar una buena faena.
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Muchas veces llegan al ruedo animales toreados. Son los llamados matreros, jugados, traicioneros o mañosos, porque van directamente a la persona, dejando cuerpos, ponchos y sombreros regados a su paso, con su respectivo tributo de sangre, manteniendo en vilo a propios y extraños. 
 
Se escuchan comentarios indicando que a los toros les llama la atención el color encarnado, creándoles una conducta violenta cuando cargan contra el capote o la muleta. Otros dicen que ven en blanco y negro solamente. En sí no hay nada científicamente demostrado; lo cierto es que cargan contra el movimiento, y eso lo sabe todo el mundo.

 
Cuando estos toros se emplazan, nadie se anima a moverlos ni siquiera con madrineras, varas, cabrestos (cabestros) y sogas. También es usual ver toros distraídos y remolones que parecen yuntas (domésticos) o animales criados para carne, motivando que la tarde sea sosa y aburrida con bostezos en las palincas y los camiones.
 

 
La llegada de los toros es un espectáculo aparte. Los comisarios, asistidos por personas expertas, dan el alcance a los arreadores, previniendo a los chacareros y caminantes durante el recorrido. Una vez en la periferia del pueblo son llevados a los potreros, donde permanecen con vigilancia hasta el día de la corrida. No faltan las 'voladas' alertando que los toros se han escapado, generando desconcierto en la población, sobre todo en los niños paseanderos.
 
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Nuestros novilleros
 

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Muchos fueron los aficionados chiquianos que con capote en mano, castilla, ponchos, chalinas, sacos, camisas, casacas, pañuelos y pañolones, demostraron sus dotes de torero. Entre los herederos de Manolete que vi torear en el monumental de Jircán, descollaron: Valerio Aldave 'Muchqui', Crisólogo Ramírez 'Quishula', Manuel Vicuña y su hijo Aparico 'El flaco Apacho', Manuel Castillo 'El chino', Pablo Márquez 'El terror de Chivis', Moisés Aldave 'Moichi', Pablo Vásquez 'Macollado', Iván Robles "Cuay" y Víctor Rafael Morán 'El trucha', quienes daban clases de tauromaquia andina bajo los acordes de un pasodoble con sabor a huayno, que entonaban las bandas de músicos. La presencia de estos buenos novilleros era siempre esperada por el pueblo, sobre todo de 'El Trucha' porque su muleta lamía una y otra vez los costillares del toro, ahogando de emoción las gargantas en las palincas. Por su temple y coraje, "El Trucha", a mi criterio, es el que más parecido tiene con Palomo Linares, aquel matador de toros fallecido en Madrid el 24 de abril de 2017, tres días antes de cumplir 70 años de vida. Descansa en paz, Palomo.
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 "El Trucha" de blanco y negro, escoltado por Efra Vásquez y Pacho Díaz
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Algunos años de la década del sesenta nos visitó el torero 'Cabrera', a quien veíamos caminando acompañado del formidable profesor de Educación Física Arturo Jo López, entrañable amigo de nuestros padres; hoy, uno de los más prósperos comerciantes de telas en Huaraz. 
 
 
Ancashinos: Carmelino Carrillo, Marcelo Cerrate y Arturo Jo 
(Chiquián 2010). Foto: Nalo
 
Durante la charla matinal que tuve con mi padre, el viernes 2 de setiembre de 1977, contemplando el armado de palincas en el ruedo de Jircán, me comentó que, en la segunda tarde de toros, a mediados de la década del treinta, ingresó el quinto de la tarde con un torrente de energía tal, que erizó los poros de todos los emponchados. El toro tenía un trapío nunca antes visto en la plaza de toros de Chiquián. Lucía un pelaje chivillo brillante, la cabeza bien levantada, orejas pequeñas, rabilargo, ojos encendidos como chispas de carbón de piedra en dos braseros cóncavos, los gemelos descolgados hasta la altura de las rodillas traseras, cuernos brochos muy afilados, abundante pelo rizado en la frente ancha, de prominentes músculos en el hombro, la joroba y el cuello. Días antes había llegado de las alturas de Yanashalash luciendo su media tonelada de peso, escoltado por un harén de vacas pintas arreadas por el mayoral y sus dos ayudantes con chicotes y varas de eucalipto. El toro se dio una vuelta completa en la plaza y se paró en el centro, mostrando su estampa espartana. Era tal su presencia avasalladora, que durante largos minutos el silencio en los tendidos fue total. Ningún espontáneo de los cientos que abundan en los ruedos andinos se animó a retarlo, ni siquiera de lejos con un pañuelito de tocuyo. De pronto salieron de las palincas del lado sur tres conocidos novilleros: Luis Marzano (Lucho de Alcococha), Valerio Calderón (Muchqui de Oropuquio) y David Aldave (Lapicho de Jupash). Los tres hicieron delirar al respetable con su impecable arte durante 15 minutos, entre oles estentóreos que motivaron un pasodoble en la palinca del nuevo capitan de la fiesta donde estaba apostada la banda de músicos, en tanto las pallas cantaban "Viva, viva comisario”. El toro jugaba limpio, impoluto a juicio de los sabios. Esa tarde, los tres novilleros con su osadía, pasaron de la valentía a la temeridad sin límites, jugándose segundo a segundo la vida con el bordoneo de sus venas a punto de infarto. Los tres con innumerables momentos sublimes y victorias espectaculares en los ruedos ancashinos, camino a ser convertidos en leyenda. De pronto el toro volteó al escuchar fuertes gritos en la barrera de pellejos de una palinca. Olvidándose de los capotes corrió resoplando endiablado y hundió el duro pellejo con su poderosa testa, y se desencadenó el calvario debajo de las palincas que bordeaban el ruedo. Los listones de madera en cruz que separaban las palincas una de la otra terminaron regados en el suelo junto a las botellas de cerveza y chinguirito. El griterío fue tan desgarrador que la banda de músicos enmudeció y no volvió a tocar, sino hasta el inicio de la huaylisheada de fin de fiesta. ¡El toro está embrujado, abandonemos la plaza, nos va a matar a todos! se escuchó por ahí. El mayor clamor se dio al pie de la palinca de las pallas que gritaban atormentadas. Felizmente el cuarto de hora de incertidumbre cesó cuando el toro apareció de nuevo en el ruedo y se fue directamente al toril que ya tenía la puerta abierta, eclipsándose así la faena de los bravos que salieron antes. No hubo sexto toro esa tarde, pues las sombras empezaron a cubrir Chiquián. De los contusos del suplicio nunca se supo. Dicen que de milagro ninguno resultó herido, solamente unos moretones ocasionados por los palos atravesados en la estampida, pero todos coincidieron que el toro jugaba limpio hasta en el interior de las galerías de palincas y que nunca buscó las tablas para salir huyendo, sino que irrumpió así para escarmentar a los borrachos que estaban perturbando la faena de los mejores novilleros del Yerupajá. Ese mismo día el futuro capitán contrató dicho toro para la primera corrida del año siguiente, con firma notarial y pago contante y sonante. Antes de partir a Yanashalash el mayoral fue enterado por uno de sus ayudantes que el capitán pretendía ser el primero en inaugurar el “toro de muerte” en el ruedo chiquiano con un matador de Acho, y que esta suerte recaería en su ya famoso toro chivillo. El mayoral meditó nostálgico durante el retorno a Yanashalash, y en los meses siguientes entrenó al toro para que durante la corrida se porte tan manso como una yunta, única manera de salvar su vida frente a la espada asesina. Llegó raudo la primera corrida. El capitán anunció montado en su caballo bayo la salida del “toro de muerte”.  Los chiquianos se miraron sorprendidos por el anuncio, no podían creer lo que estaban escuchando y empezaron las rechiflas. Todos recordaban al torito de Yanashalash que jugaba limpio y que no hirió a nadie dentro ni fuera de las palincas, a pesar de las puyas y las patadas que recibió de los borrachos y sus aliados de turno. Nadie quería ver herido al torito, menos sacrificado por jugar limpio. ¡Indúltenlo, indúltenlo, no sean cobardes, no sean malos! era el pedido general de las palincas abarrotadas de espectadores. Pese a los ruegos del respetable el torito salió al ruedo. Salió con la misma fuerza y gallardía del año anterior y se detuvo en el centro del redondel. Durante un par de minutos nadie se atrevió a torearlo, de repente apareció bailando un borrachito desconocido y el público empezó a gritar de pavor. El toro ni se movió. Permaneció inmutable. El borrachito se acercó blandiendo su pijsha de lana con hojas de coca y se dio el lujo de pasar la pijsha rozando el hocico del toro. El torito continuaba imperturbable. Así permaneció diez minutos. Parecía una estatua de oro negro. Poco a poco los curiosos empezaron a rodear al toro. Muchos se bajaron de las palincas, entre ellos un chinaco; inclusive un gimnasta de altura se permitió ensayar el salto del ángel sobre el lomo del chivillo. El toro seguía tieso, ni siquiera resoplaba. Respiraba sereno, parecía más sumiso que perrito faldero. Los organizadores de la corrida no tuvieron otra salida que soltar tres madrineras. Cuando el toro retorno al toril: Lucho Marzano, Muchqui Valerio y David Lapicho rieron felices, mostrando sus raídos capotes al matador traído de Acho, y el público aplaudió de pie. El torito estaba a salvo. Culminada la corrida el mayoral se acercó al capitán para devolverle su dinero y éste espetó áspero: ¡quédate con la plata del alquiler, pero llévate hoy mismo al toro de trapo que has traído!. Esa misma noche el mayoral y su toro retornaron a Yanashalash. El mayoral se convirtió en el ganadero más querido de la región, y el torito chivillo pasó el resto de su larga vida como semental, perpetuando así la bravura de su raza en los contrafuertes andinos.
 
Viene a mi mente la fiesta de Santa Rosa del 62, cuando con mis primos Eduardo 'Fraca' Balarezo, Lucho, Carlos y Chechi Rueda, acariciábamos la idea de ver lidiando en la plaza de toros de Jircán a 'Ushuncu' Oswaldo Rosales Padilla, de quien habíamos escuchado hablar sobre su cualidad de matador en el coso de Acho; hasta que un día se hizo el 'milagro' y arribó a Chiquián al finalizar la Entrada, con el ómnibus de la empresa Landauro.
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Al mediodía del 2 de setiembre (primera corrida), visitamos la casa de mi tío Calixto Vicuña Calderón donde pernoctó 'Ushuncu', y para nuestra sorpresa lo hallamos sacando de una pequeña maleta un traje de luces. Una vez que todas las prendas estaban sobre la silla empezó a vestirse.
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Primero su impecable camisa blanca, luego un corbatín negro y después una taleguilla, un traje color oro y grana (chaquetilla, hombreras y pantalón) que le quedaba un poco chico. Continuó con el fajín y unas medias rosadas un tanto fosforescentes.
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Recuerdo que las zapatillas negras con suela antideslizante le quedaron grandes, por lo que tuvo que rellenarlas con lana de oveja. Después de ponerse el capote de paseo, la coleta y la montera, nos pidió a los curiosos que lo dejemos solo, pues tenía que pedirle a Santa Rosita que lo proteja durante la faena que se aproximaba inexorable.
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Una hora más tarde ingresó al ruedo con una cuadrilla de matadores y subalternos, sujetando estoques y banderillas bajo los acordes del "Gato Montés", entonado por la banda de Llipa. Salió el primer toro de la tarde: un barroso de Palca que limpió la plaza de canto a canto, y como nadie se atrevió a torearlo durante tres cuartos de hora, lo tuvieron que volver al toril ante la rechifla del tendido sur donde estaban las pallas, cantando fuerte el corto estribillo ¡Viva, viva comisario!
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El segundo fue un retinto pocpino que se dio dos vueltas: libre de polvo y paja, pero para asombro de todos salió un borrachito de entre la multitud pegada como hiedra humana a las palincas y los camiones. Llamó al morlaco con el tufo, éste embistió con fuerza y se lució con tres verónicas al hilo, mas cuando estrenaba una chicuelilla, su poncho se enganchó en el pitón izquierdo y terminó parado de cabeza por una zancadilla que el mismo se puso.
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Viendo que el toro jugaba limpio salieron de su escondite los diestros del Capitán. Lo torearon uno a uno, menos 'Ushunquito' que daba aliento y consejos desde un burladero de pellejo y palos de aliso.



Ya cuando las sombras besaban los tendidos Norte y Noroeste, salió un jirishanquino negro enmorrillado. Un toro jugado, muy conocido por los estragos que causó días antes en los ruedos de Carcas y Huasta. Romerito el 'Quisipatino' le dio el encuentro con dos arpones que cayeron en la panza del toro que lanzó un largo bramido, tan largo como el sonido de la trompeta anunciando el cambio de tercio; circunstancias que los asesores de 'Ushunquito', de visita por primera vez Chiquián, le recomendaron que era el momento preciso de ingresar. Ushunquito tomó valor, se persignó, tiró la montera hacia atrás cayendo boca arriba, señal de mala suerte; apretó fuerte la muleta de franela grana, infló su pecho y entre aplausos avanzó despacio, paso a paso, arrastrando sus zapatillas sin dejar de mirar al empitonado; de pronto calló el corazón del respetable, la muerte acechaba en las filudas astas...
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A unos 30 metros el "matrero" empezó a rascar con furia una y otra vez el suelo de cascajo echando tierra atrás con sus pezuñas delanteras, resopló unos segundos y cargó directamente hacia él, que no tuvo otra alternativa que dar media vuelta...
 
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Entre los novilleros a caballo que destacaron en las décadas del cincuenta y sesenta figuran: Manuel Pardo de Umpay, Ernesto Vásquez de Bolognesi, Arturo Barrenechea de Agocalle, Armando Alvarado de Jircán, Benjamín Robles de Simón Bolivar, el gaucho William Jara de Capellanía, Pablo Calderón y Segundo Robles de Jupash. También brillaron con luz propia los jinetes huastinos 'Eladio Gamonal' Fernández Gonzáles con su caballo moro que bailaba huaynos de Mahuay y pasodobles con banda, los hermanos Valdez, Garro y Callupe. 
 
Pero sin duda, tres fueron los espontánesos más aclamados por su gracia y agilidad, sobre todo porque ingresaban cuando el toro se emplazaba en el ruedo y no había quién se anime a torearlo:
 
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'Luclish' - Félix Ambrocio Justiniano Claudio:
 

 
Montaba al toro a la volada y se mantenía 1 minuto sobre sus ancas antes de saltar y seguir caminando por el ruedo 'como si nada hubiera pasado'.
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Este valeroso chiquiano de ojos almendrados, cabellos castaños, de pómulos chaposos, antes de cada faena hacia sus preparativos de rigor al igual que los diestros españoles en la 'Plaza Monumental de Las Ventas'. Se ponía uno a uno cada componente de su indumentaria frente a un espejo, bajo la mirada de su esposa Cristina y sus retoños. Primero su cotona verde olivo de soldado de nuestro Ejército, un pantalón de bayeta modelo 'conquistador', medias de lana de su manada de la Pampa de Lampas Alto y sus cada vez más gastadas polainas de cuero, con las que tantas glorias ganó como instructor de movilizadles en la plaza de Jircán, junto al 'Indio Peruano'.

Luego se persignaba y oraba en silencio frente a la imagen de Santa Rosa que tenía sobre la mesa de su dormitorio; se despedía de su familia y salía de su casa de Umpay, sin probar un bocado para evitar una evacuación inesperada en el ruedo.
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Con los ojos perdidos en cien faenas gloriosas circundaba Chiquián por Oropuquio, Puente Cantucho, Capulipata, Cruz del Olvido y con disimulo se ubicaba sobre una de las paredes con vista al toril para ir familiarizándose con los barrosos, los azabaches y los enjalmados del Jirishanca y las vacas machorras de Jahuacocha, populares por sus cachos doblados hacia abajo. 
 
 
Lugar desde donde Luclish estudiaba a los bravos, minutos antes de la corrida
 
De 4 a 6.30 de la tarde su esposa e hijos oraban por su retorno, acompañados por el zumbido de un gengrish (moscón agorero). Entrada la noche su hija Carmen salía a la puerta de su casa y averiguaba si su papá había sido cogido; al encontrar como respuesta una sonrisa, corría a dar la buena nueva a su mamá y reiniciaban su dicha con shinti y mote frío que esperaban ser degustados desde el mediodía.

Que recuerde, Luclish nunca fue cogido, menos cobró un centavo por cada una de sus espectaculares faenas de rodeo al estilo mexicano; sin embargo tuvo un percance de 'mal gusto', cuando un barroso de Jahuacocha lo bañó de verde boñiga después de haber descendido a la volada de sus ancas y osar levantarle el rabo con disimulo.
 
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'El gran Arturo' - Arturo Alvarado Aldave
 
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Toreaba blandiendo sus manos al viento de cara al Yerupajá y dándole la espalda al toro, acompañado por el silencio sepulcral de los tendidos, todo ello, gracias a su experiencia lazando toros para subirlos al camión donde les ponía cabezales y los sujetaba uno a uno en los postes de la carrocería.
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Él, junto a los paisanos Manuel Roque, Ernesto Vásquez; Eusebio, Román y Baldomero Ramírez; Melchor Gamarra, Corpus Santos, Teobaldo Suárez, Cucus Pedro, Víctor Tadeo, Arturo Barrenechea, Shatanco, Carlos Núñez, Teobaldo Padilla y Mateo Gálvez, fueron los más diestros lazando bravos en las estepas y cordilleras aquinas.

'El gran Arturo', tampoco fue cogido en las plazas de toros de Jircan, Aquia, Huasta ni Carcas, donde esperaba sereno y confiado al bravo en suerte, luego le hacía una venía protocolar y cuando se aprestaba a cornearlo, con una veloz 'quica' (movimiento rápido), lo esquivaba cuantas veces quería, hasta que el toro de aburrido se iba por las palincas o los camiones buscando un lugar por donde escapar. Arturo Alvarado, Maestro chiquiano, es un virtuoso de la trompeta e integró la banda de músicos de su abuelo Florentino Aldave, pionero de las bandas musicales de la Región. 
 
 
.'Chemo' - Telmo Alvarado Montoro
 
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Desafiaba al toro con un billete verde de media libra en la mano derecha, y la izquierda metida en el bolsillo apretando un guayruro de la buena suerte. En una oportunidad le pregunté sobre su secreto para que el toro lo ignorara o pase volando por encima de su cuerpo sin tocarlo, me ilustró su temerario accionar, así:

- Tres teorías van a aclarar tus dudas. La primera: El toro no me embestía porque no me veía de lo flaco que era. La segunda: Echado en el piso, me hacía el muerto hasta que el toro pase y, la tercera, es la que mejor resultado me daba: Mostraba al toro un billete de media libra solamente, pues si le 'munapaba' de 10 para arriba de seguro me lo quitaba.
 
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Fuente:

Capítulo XIV de la novela "DEL MISMO TRIGO" 1993 - Bodas de Oro del Colegio Nacional "Coronel Bolognesi" de Chiquián. En Internet desde el 2003.
 
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Smyrna, 3 de setiembre de 2017

HOLA SHAY:
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ACTIVIDADES DEL 03 DE SETIEMBRE EN CHIQUIÁN
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Pinquichida

08:00 a.m. A partir de esta hora en la casa de los comisarios

Segunda tarde taurina

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03:00 p.m. A cargo de la Municipalidad Provincial de Bolognesi y de los comisarios de la fiesta. Con presentación de una cuadrilla de toreros.  .
 
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RECUERDOS 

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EL GRAN USHUNCU
 
 Por Armando Alvarado Balarezo (Nalo)

Oswaldo "Ushuncu" Rosales Padilla, nació en Chiquián el 15 de agosto de 1937. Mes de nuestra Santa Patrona, en el hogar de don Francisco Rosales y doña Dionicia Padilla. Estudió en la Escuela Pre Vocacional de Varones 351 de Chiquián, la Secundaria en el Cusco y sus estudios superiores en el Instituto “José Pardo” de Lima. Casado con la dama tarmeña Juana Vásquez Pizarro, familiar del recordado promotor cultural don Luis Pizarro Cerrón. De la unión de la pareja vinieron al mundo sus hijos Lizeth, Jacqueline y Oswaldo junior, en un ambiente con aroma provinciano. 
 


Desde muy joven se enamoró de la fiesta brava de octubre en el coso del Rímac, la plaza de toros más antigua de América y una de las más grandes del planeta Tierra. Primero como espectador, con más sol que sombra, luego se hizo amigo de los diestros, y después se convirtió en el conductor estrella del programa radial “BOCINAZOS TAURINOS”, saliendo al aire durante 25 años de manera ininterrumpida, y enseñando a sus pupilos Henry Almeida y Roberto Bermúdez quienes siguen sus hondas huellas. También editó la revista EL BOCINAZO TAURINO”, en cuyas hojas están plasmadas sus experiencias cerca del burladero, sin perder ni un detalle del mudo lenguaje entre el toro y el torero: sus miradas penetrantes, el embiste y la entrega, al lado de uno de los más grandes reporteros de Acho, nuestro paisano Víctor Rafael Morán La Rosa “El Trucha”. Muchos chiquianos son testigos del arte narrativo de Rosalitos, un verdadero Maestro entre los profesores del micrófono bravío. 
 

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Infaltable en las tardes de toros en Jircán, tarareando el pasodoble “Silverio” al compás de la banda de Llipa; y los ruedos de los pueblos cercanos, ya sea apoyando a las municipalidades, al capitán de turno y a los comisarios en la contratación de los bravos; en ocasiones toreando y siempre preocupándose porque los toreros, novilleros y banderilleros realicen una buena faena para el deleite de los tendidos de camiones, pallas y palincas. Hacer clic para escuchar los pasodoble Silverio y España Cañi:
 
 
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Ushuncu está a la diestra del Señor de las Alturas desde el 29 de julio del 2006 junto a su amigo el periodista taurino Yussuf Fernandini, cuyas cenizas ayudó a esparcir en Acho el 7 de marzo del 2001, mítico lugar donde ambos revolotean en las tardes de toros. 
 

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Siempre lo recordaremos sujetando la muleta con la mano izquierda, aquel lado donde está el corazón y baila con los pitones y la muerte. También en el poema de Juan Pedro Domecq (poesías camperas), que solía recitar añorando a sus amigos que subieron al cielo entre olés, pasodobles y banderillas:

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Negro toro, gran guerrero
de terciopelo vestido
y estampa corniveleta
de albaceteños cuchillos

Negros ojos, dos centellas
de fulgores asesinos.

Negro hocico con incienso
que levanta humo plomizo.

Negra frente a la que peina
caprichoso remolino.

http://www.tauromaquias.com
 
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  DESCANSA EN PAZ, AMIGO USHUNCU
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Pintura: María José García Barrientos
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EL INDULTO 
 
(homenaje a un toro cualquiera) 
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Autor: Carlos Fidel Borjas Díaz
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Me niego al indulto concedido
¡Mátame! “para olvidar que estoy herido”. .
Y se abrió la puerta grande o portón,
la cuadrilla salió elegante, jubilosa;
¡el respetable!, y qué respetable,
vibraba emocionado. .
Mi sangre, mi sangre se helaba,
mientras yo reía hipócritamente,
pues mi cuerpo;
quería saltar en definitiva al ruedo aquel
convertido en el campo de mi suplicio. .
¡Torero!, ¡torero!, ¡bravo torero!.... plap, plap, plap,
gritaban,
en espléndido vitoreo a mi verdugo,
el cual, saludaba orondo,
mientras capotes floridos, ondeaban al centro del coso,
afirmados en la arena,
los auxiliares de aquel torero, mi verdugo. .
Trompetas estridentes hicieron la llamada
mientras mi sangre ya helada,
aun se resistía, indefensa,
a darle calor a mi cuerpo y mis pezuñas
ante la inquieta espera. .
Se abrió, una vez más la puerta;
esta, fue la puerta del corral,
y alumbrado por mi destino,
corrí, hacia el centro del ruedo. .
Yo, ¡hermoso toro de casta!,
apuntando mis astas al cielo,
mirando receloso, asustado y confundido,
poco a poco, el coso de mi suplicio,
como queriendo preguntarme… ¡qué hacer?;
clavadas mis pezuñas en el suelo,
arrastrando la arena caliente,
bajo el sol majestuoso,
silente testigo de mi agonía,
listo para mi acostumbrada embestida
en defensa absurda de mis carnes dolidas. .
Hay de mí, toro compungido
toro hermoso que tú miras,
ay, que mi Dios me echó al olvido,
ay, que el vareador me clavó la estaca
y cinto al lomo,
para que mi sangre escape,
para que yo, con banderillas, ¡ocho¡,
que han llegado hasta mis nervios,
yo, pobre y bravío toro,
siento, que mi sangre hiede a cobardía;
más que a la misma muerte…¡a pura rabia!. .
Corneta al aire,
muleta en mano firme y espada certera,
que requiere la faena…
empujan al torero a mi encuentro.
me quieren temblar las patas
pero yo no sé de miedo, ¡pero me tiembla la conciencia!. .
Ole, ole, ole, el respetable,
mientras relucen bajo los rayos del sol,
el oro y las luces del traje
de aquel que llaman torero,
que pedirá permiso al tendido aquel,
en donde se encuentran ¿las autoridades?
que le concederán mis orejas. .
Estridentes una vez más las trompetas,
y la banda que interpreta
un pasodoble sentido. .
No doblego el empuje a mi defensa
y hasta parece que mi cuerpo danzara
con el dolor y agonía a cuestas,
desangrado, sudoroso,
defendiendo con bravura mi vida,
mi cuerpo… mientras miro fijamente,
la sombra de eso que llaman espada,
la que mi instinto esquiva. .
El público respetable, ya de pie…
¡indulto!, ¡indulto!, ¡indulto!,
pañuelos blancos, aplausos, plap, plap, plap……
y, aquel llamado torero… mi verdugo cruel,
indulto pide y concede,
mientras que cuadrado yo en la arena,
arrastrando mis pezuñas, lentamente,
camino hacia mis adentros,
con los ojos nublados por el llanto
llanto que me ha causado la arena. .
Dolorido, doblegado, tímido y de rabia,
quedamente cerca,
muy cerca del torero, mi verdugo;
le digo: ¡tú!... que me has maltrecho,
me niego al indulto concedido…
¡mátame, para olvidar que estoy herido!.
.
Venezuela, 08 de noviembre de 1993
.
.


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Poeta Carlos Fidel Borjas Díaz, en imágenes
 

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