martes, 4 de abril de 2017

LOS CHINACOS - POR ARMANDO ALVARADO BALAREZO (NALO)

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LOS  CHINACOS
 
Por Nalo Alvarado Balarezo 
 
Sabía que existían tres o cuatro chinacos por ahí, pero desconocía que habían germinado más. Durante mis años escolares veía uno que otro 'rosca bañada' en la puerta de las cantinas observando de reojo a los chupacañas achicando la bomba. Con ellos me cruzaba en las calles y los caminos de herradura que conducen a los poblados cercanos: siempre discretos, a menudo de aspecto varonil, hasta usaban espuelas para avivar el trote de sus jamelgos.

Hace unos meses retorné al pueblo para tomar fotografías de huertos caseros, y de paso recoger hojas lanceoladas en Obraje para mi tesis sobre horticultura. 
 
Mientras esperaba el carro en el poblado de Conococha el frío calaba los huesos hasta el tuétano. 
 
A las tres de la tarde en punto llegó un microbús repletito de pasajeros, por lo que tuve que abordarlo a empujones y resignarme a viajar de pie.

Todos íbamos tiritando de frío, menos dos en la última fila. El mayor de 35 años aprox., iba con la cabeza apoyada a su compañero, un efebo de 18 abriles.
Al parecer recién salidos del armario. Ambos lucían bigotes ralos e iban callados, mirando la paja brava ondeando con el viento helado de la puna.

Cuando cruzamos el paraje de Mojón el carro hizo un movimiento brusco dando pase a un convoy minero de Antamina, momento que ambos intercambiaron una sonrisa fugaz, como beso robado en plena procesión. Ya en Huacacorral pude confirmar mis sospechas, pues no pudieron ocultar sus manos entrelazadas con los tumbos que daba el carro en cada curva cerrada y en los puentes de madera, sobre todo en el de Upayacu que rechinaba a punto de desplomarse.


Antes de descender del vehículo en el fundo Obraje para iniciar el recojo de hojas y tomar fotos, me pregunté: ¿cuántas almas congeladas darían cualquier cosa por estar en el lugar de estos supersónicos, brindándose calor a miles de metros de altura?. Luego miré unos segundos el recorrido del micro, que hizo un alto en una curva pasando el puente del Aynín. Allí descendió la pareja y caminaron en ascenso tomados de la mano, mientras el carro continuaba su recorrido hacia Aquia.
 
Parado sobre una roca recordé: que en lo alto de un cerro desde donde se divisa Florida, vive un chinaco jubilado de 89 años. Hoy su esmirriado cuerpo casi paralizado por la artritis ya no le obedece, pero sigue labrando la tierra con ayuda de su ahijado, un joven jornalero carnal que lo acompaña en la soledad de su lecho. 

Los lugareños comentan que en sus años juveniles era el jinete más diestro de la comarca y que ninguna fémina se resistía a las punteadas que daba a las cuerdas verticales. 55 años después alegran su vivir las caricias que cada noche le brinda su ahijado, antes de ingresar a un sueño del que teme no despertar. Él sabe que sus paisanos no ven con buenos ojos la sodomía, por eso no frecuenta el poblado.

En cualquier momento este viejo chinaco no verá más la luz del día. Sólo su joven amante llorará su ausencia y lo enterrará en algún lugar donde una cruz de madera de un cajón de fruta, marcará la fosa donde yacen sus despojos...
 
 
 
Huaraz, 11 de noviembre de 1981
 
Fuente:
 
Relatos del más acá", de Nalo Alvarado - Ediciones "Cachicada" 1981
 
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