domingo, 4 de diciembre de 2016

DON JULIO CARHUACHÍN, EL MAESTRO DEL VIOLÍN - POR ARMANDO ALVARADO BALAREZO (NALO)

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DON JULIO CARHUACHÍN, EL MAESTRO DEL VIOLÍN
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Por Armando Alvarado Balarezo (Nalo)
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A las 5 de la tarde del lunes 27 de agosto de 1973, el mirador de Caranca abrió el telón del paraíso a los pasajeros de TUBSA; de pronto, las ventanillas del ómnibus se cubrieron de polvo, que la góndola azul de "Keclin" (Domingo Carbajal Malqui) iba dejando a su paso hacia Huaraz. Al fondo, un bello sol escarlata regalaba sus últimas caricias al majestuoso Yerupajá que nos daba la bienvenida.
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En la Plaza de Armas de Chiquián el ómnibus detuvo su marcha. Descendí dándole una palmada de agradecimiento al chofer Leonardo Aldave. Al final de la escalinata del vehículo aguardaba sonriente mi tío Apacho (Aparicio Vicuña Calderón). Unas horas más tarde, ya en casa, cuando el cansancio cerraba mis ojos, me dijo:
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- Bueno Nalito, mañana vengo a las 10 para ir a Macpún.
 
- Tomaré un buen desayuno para soportar la empinada caminata, tío.
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Una vaca dañera había derribado la pirca de entrada a la chacra de la familia y el "Flaco Apacho" me pidió que lo acompañe. A las tres de la tarde terminamos de repararla y nos sentamos a la sombra de un quenual a dar cuenta de lo que quedaba del fiambre. A la hora y media de estar descansando a pierna suelta, el viento empezó a chicotear los árboles.
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- ¿Escuchas hijo?
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- Si tío, es el ruido del viento sacudiendo el follaje.
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- No hijo, escucha sobre la copa del árbol –se paró y trepó sujetándose de las ramas.
 
Luego me mostró un nido con pichones y lo devolvió a su lugar.
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- Nos vamos hijo, extrañan a su madre. Estamos estorbando
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Cuando cerrábamos la puerta para retornar al pueblo, una paloma cuculí se posó en el quenual. Había estado esperando nuestra partida; y yo, pobre mortal, acostumbrado al ruido ensordecedor de las calles de Lima, no percibí el gemido en el nido, solamente escuché el rugido del viento que soplaba sin cesar.
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Después de una hora de camino llegamos a Paucaracra, cuando la oscuridad se apoderaba del paisaje chiquiano. De repente apareció en el lugar la comparsa del Inca (Jorge Anzualdo). Junto al general Rumiñahui (Teodoro Ñato) caminaba doña Honoria Ramírez apurando a las pallas. Al lado derecho de la orquesta iba don Julio Carhuachín tocando su violín. En eso mi tío me preguntó:
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- ¿Escuchas cantar a los chuluc?, son los violinistas de la naturaleza.
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- No tío, solamente escucho la orquesta que se aleja -se acercó a un grupo de piedras sueltas, movió una y levantó un grillo.
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- Tío, saquémosle las piernas, su grasita es buena para la "míra".
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- No hijo, eso no se hace con los animalitos de Dios, ¿a ti te gustaría que te arranquen las piernas? -y continuamos nuestro camino.

Así acostumbra el "Flaco Apacho" a brindarnos lecciones de vida a sus sobrinos. Un ser humano que aprendió a escuchar la voz de la Madre Naturaleza en plena tormenta cósmica.
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Dos días después, jueves 30 de agosto, vino a mi casa el "Flaco” para ir a la iglesia del pueblo. Ya durante la procesión, cuando me encontraba tomando fotos parado sobre una banca de la plaza de armas, me dio una moneda antigua diciéndome:
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- Tírala entre la gente.
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Tiré la moneda. Al escuchar su sonido en el piso, los varones palparon sus bolsillos y las damas sus carteras. Don Julio Carhuachín y tres personas más, entre ellas el Capitán de la fiesta Elías Landauro Domínguez, siguieron caminando con fe. “La mayoría tenemos en mente las monedas”, pensé.

También me puse a cavilar sobre lo diferente que se veían los paisanos durante la procesión: trajes estilo sastre, peinados bombeé, maquillaje y taco aguja las damas equilibristas; terno y corbata, bien afeitados, con prominentes "macarios" y peinados con gomina, los hombres. En cambio en la Salva nocturna se les veía más bajitos zapateando duro y parejo con zapatillas o llanques. Un turista difícilmente se daría cuenta que las personas con poncho habano que bailan a la medianoche al compás de la banda, son las mismas que dos días después acompañan la procesión del Día Central con paso lento y mirar compungido, bajo el sol del mediodía.
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Don JULIO CARHUACHIN ÑATO, nació en Chiquián el 3 de diciembre de 1918. Vecino muy querido y respetado en Jircán, maestro de música, carpintero, chacarero y criandero en sus años mozos, pero sobre todo un padre ejemplar. Su patio fue el lugar preferido para los ensayos vespertinos de las pallas y las danzas de los diablitos, gijas, Rucus y negritos, a las que asistíamos felices los niños del barrio.
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Muchas veces lo contemplamos tocando diferentes instrumentos musicales en su casa; en otras, acompañando con guitarra a don Lorenzo Padilla (arpista). Infaltable en los responsos y las estampas costumbristas con su sonoro violín. Un buen número de músicos bolognesinos bebieron de su arte en su residencia de Leoncio Prado.
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Viene a mi mente las veces que lo veía a través de los listones de madera de su portón, construyendo instrumentos de cuerda y alisando la cinta de crines de su violín. Su paciencia infinita y su amor por lo nuestro, es un bello ejemplo que seguimos los que compartimos su amistad y su afecto.
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Huaraz, 3 de diciembre de 1981
 
 
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Jircán

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