lunes, 7 de noviembre de 2016

LA TARDE DE LOS CORREAZOS - POR AGUSTÍN ZÚÑIGA GAMARRA (ACUCHO DE CHIQUIÁN)



LA TARDE DE LOS CORREAZOS

Por Agustín Zúñiga Gamarra

Como todos los domingos, los jugadores del Club Atlético Tarapacá de Chiquián alistaban sus implementos deportivos. No podían olvidarse de las vendas, tobilleras, suspensores, musleras, canilleras, frotación Charcot, y por supuesto, unas moneditas para la chanchita, sin importar que sumadas no alcancen ni para un par de chelas. Lo poco era suficiente para enganchar y comprometer a los de mayor dinero, que siempre se inclinaban por el equipo campeón.

Nuevamente las emociones se pondrían al tope cuando rodase la bola en el campo de la Unidad Vecinal del Rímac, donde los residentes en Lima de todos los distritos de la provincia de Bolognesi, mantenían por quinto año consecutivo un campeonato muy competitivo que los convocaba los fines de semana, en particular a los seguidores del  Tarapacá, que se había hecho costumbre estuviera de puntero o disputando palmo a palmo el campeonato con sus archirrivales del Club Cajacay.

El sonido de la banda llegaba hasta la avenida Alcázar, anunciando que ya estaba cerca el paradero del Cine Madrid, allí semanalmente bajaba con mi hermano Uli de la línea 36, procedente de la urbanización Ingeniería. Mientras nos acercábamos al campo, los paisanos y amigos que conocían de la calidad del equipo de la casaca verde, nos rodeaban y saludaban, hola Acucho, Uli, Comunito, Eca, Toto, Hugo, Percy, nos miraban con admiración, alababan nuestro juego, y nos decían que seríamos campeones, y, que nos preferían en lugar de los cajacainos que los veían “sobrados”, pues ellos no se quedaban después del juego a libar cerveza y bailar huaynos. Era notorio que teníamos más hinchada que los súper organizados celestes, donde fluía mucho dinero, !claro, y cómo no va ser!, si entre otros estaba nada menos que don Miguel Castillo (padre del ahora dueño de la cadena de restaurantes "Las Canastas"), mayorista de la avenida Habich (Ingeniería), persona maravillosa, que nos conocía bastante, pues pasábamos diariamente frente a su tienda camino a la UNI.

En la puerta de entrada nos esperaban los dirigentes: Abshu Chávez Neyra, don Abel Alvarado o Peli Balarezo. Ellos se adelantaban con las chompas, los chimpunes, las pelotas y los carnets. Adentro aguardaba nuestra bulliciosa y fiel barra, muchas jovencitas chiquianas, ataviadas de serpentinas, gorros, matracas, polos de color verde y blanco, y una gran banderola con el rótulo del Club Atlético Tarapacá. Junto a Zoila, Irma, Carmen, Doris, Maye y Edi, resaltaban las voces de Chole, Blanca y Rosi, quienes haciendo gala de creatividad y osadía, eran parte decisiva en los triunfos, ya que no bastaban los goles de Comuno o los cabezazos de Eca, ni las salidas elegantes de Uli, también se requerían los motivadores gritos de Tarapacá!!, Tarapacá!!, ante atajadas de Pipa, o saltos "triple ritmo andino" de Acucho. Jugadores y barristas constituyeron el binomio que forjó las tardes de gloria en el bajopontino Rímac.
 
 El horario de cada partido tenía que ver con el puntaje sumado de los dos contrincantes, por eso a veces nos tocaba jugar a las 11 de la mañana (limpia canchas), generalmente en confrontaciones con los coleros, y otros encuentros a la hora estelar, de 3 a 4 ó de 4 a 5 de la tarde con los punteros, a estadio al tope. Todos reconocían que dichos partidos eran para "machos". En ocasiones la emoción rebasaba y se llegaba a enfrentamientos masivos, máxime cuando la cerveza subía a niveles de obnubilación de la razón, y la ecuanimidad daba paso al fanatismo y la intolerancia.

El horario estelar estaba “separado” para los encuentros entre los grandes o clásicos rivales como: Chiquián, Cajacay, Ocros, Aquia, Oncoy o Corpanqui. Cuando esto ocurría, en el camarín la adrenalina subía como espuma mientras se esperaba el inicio del partido. El temor principal era la inasistencia de algún crack, pues no había muchos suplentes, particularmente en el puesto de arquero, cosa que no ocurría con Poco Valerio, pero sí con Pipa, muy propenso a caer en las redes del "trago" sabatino, de ahí que si el partido se realizaba de mañana, generalmente no venía. Si asistía, ingresaba en el segundo tiempo, después del AlKa Seltzer respectivo.

Recuerdo que una de las ausencias de Pipa fue suplida por Erich, joven muy serio, responsable, diligente y presto al sacrificio con tal de ver a su equipo completo, así que aceptó el desafío de atajar. Aquella tarde jugábamos contra Huanri, no era un rival de peligro, por lo que los muchachos del Tarapacá se divirtieron sin mostrar exigencia, mas en una de esas jugadas intrascendentes se produjo un rechazo chacrero de un volante huanrino, los defensas Eca y Uli levantaron la vista para "verla pasar", seguros de que el balón saldría del campo de juego, pero ¡Oh sorpresa!, nuestro arquero voluntario, que no tenía la práctica necesaria en el uso de guantes de cuero, en vez de aprisionar la bola, fue a su encuentro con un manotazo poco afortunado, enviándolo a su propio arco. Desde las tribunas se oyeron aplausos y risas estruendosas.

Erich, con la cabeza gacha, como pidiendo disculpas, sacó la bola del fondo de su portería. Sus compañeros de equipo en lugar de enojarnos, también soltamos sonoras carcajadas. El capitán Eca con una palmada en el hombro le dijo, “no ha pasado nada Erich, en adelante pon el puño a las bolas que vengan por alto”. Continuó el juego y como el rival no era de los fuertes hubo tiempo para remontar el adverso score, y terminar 4 a 1. Dicho error hubiera sido catastrófico contra Cajacay.

Terminado el juego, Erich se convirtió en el blanco de las bromas, mientras se festejaba al son de la banda y las cervezas. Por eso cualquier ausencia resentía mucho al equipo, sobre todo en los partidos con los equipos grandes, en los que no debería faltar ninguno.

En estos clásicos la barra lucía igualmente completa, particularmente las damas, nuestras amigas y familiares, que hacían lo imposible por sentirse bullangueras. Todos llevaban naranjas, tan necesarias en el medio tiempo.

Si el partido era contra Cajacay, el más destacado de todos, entonces además de toda la parafernalia, se debía tener mucha valentía y pundonor, como si el enfrentamiento fuese a correazo limpio. Así ocurrió en un encuentro con un Cajacay integrado por jugadores profesionales del Municipal y Sport Boys. Todo comenzó cuando el pequeño gigante del medio campo, Acucho, tenía controlados a sus rivales, sin embargo, desde la tribuna de los celestes, no cejaban de insultarlo e incomodarlo, era sin duda el jugador clave en la marca de los hermanos Zorrilla, así de reojo había visto al que persistía en el insulto, de pronto la bola salió al lateral, Acucho fue a traer la bola, pero en lugar de apurarse a buscarla, se dirigió raudo hacia donde estaba el vocinglero “barra brava”, y le asustó con un salto, al estilo el enmascarado de plata Santo, como para darle un golpe, el otro huyó como lagartija en celo, eso fue suficiente para atemorizarlo.

Cuando volvió con la bola, listo para sacar el lateral como si no hubiera pasado nada, el árbitro que se había percatado del incidente, y además observando que había movilización entre las barras -la celeste herida trataba de invadir la barra del Tarapacá, que por cosas del destino eran contiguas– trató de cortar por lo sano: “amonestar a Acucho”, se entiende por originar el laberinto que iba creciendo. Acucho, como no dándose por enterado de lo que ocurría tras él, observó que el árbitro se le aproximaba con la mano en el bolsillo del pantalón para sacarle una tarjeta, pero al darse cuenta que no era la amarilla sino la roja la que sacaba, en un acto de rapidez del espadachín El Zorro, le arrebató el silbato de la boca antes que suene, y lo lanzó sobre la barra de Cajacay que ya se encontraba en forcejeos con la del Tarapacá. Acucho entendió que siendo el partido definitorio del campeonato, no podía perderse en los descuentos, era preferible un empate. La pradera se puso al rojo vivo, el árbitro desapareció luego de dar por concluido el juego, las barras se trenzaron, las mujeres arañaban a sus pares, los hombres se enfrentaban con puños o con correas, todo esto hasta que la calma volvió a imponerse con la ayuda de la policía. Fueron largos 20 minutos de real batalla, quedando trunco el partido definitorio. El final sería hasta un próximo y exclusivo encuentro.

Terminada la batalla campal, y conforme caían las sombras, las dos barras iban reconociendo sus errores y calenturas, al final, al son de la banda y los hermosos huaynos, cerramos con abrazos fraternos una tarde más de la histórica rivalidad entre los hermanos pueblos de Cajacay y Chiquián.
 
 

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