jueves, 25 de julio de 2013

EFEMÉRIDES: 156 ANIVERSARIO DE HUARAZ - TÍA CANDELA - POR OLIMPIO COTILLO CABALLERO


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EFEMÉRIDES:
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156 ANIVERSARIO DE HUARAZ
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TÍA CANDELA
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Por Olimpio Cotillo Caballero

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    Shall y Willy, toda la vida, desde niños hasta longevos, tuvieron una entrañable como inseparable amistad. No les importaba que les llamaran  “los huevos” o “los mormones”. Siempre juntos, siempre unidos incluyendo sus bastones y sus luengas barbas blancas. A veces comentando un nuevo libro que acababan de leer, una noticia recién acontecida, talvez una historia de sus antepasados no registradas en los anales históricos ni siquiera de su terruño. La gente los admiraba por la sabiduría que entrañaban y por los secretos que guardaban.
-Estos historiadores ignaros no saben que mi bisabuelo trajo el primer piano de cola. Allí escucharon por primera vez en el Cine Teatro Radio las Tocatas de Bach, las sonatas Claro de Luna de Beethoven, las rapsodias Húngaras de Liszt o las Bodas de Fígaro de Mozart. Y te acordarás de Alcira Bobadilla que entonaba divinamente Torna Sorrento; los varones aplaudían hasta que se les rompa las manos y las damas hasta que se les ahueque los guantes de gamuza. Qué furor, qué frenesí de la gente, rememoraba Willy.
    Lo que a mí más me indigna, es que no se considera siquiera en un párrafo a mi bisabuelo Agustín y a su esposa, mi bisabuela Petita, que lucharon junto al pueblo, contra los invasores Chiles, una soldadesca desconocida y cruel. Contaba mi abuela –decía Shall- que esos invasores ingresaron por las calles estrechas de Huaraz a sangre y fuego y pobre de aquel que se cruzara en su camino, era acribillado y descuartizado y los más despiadados incrustaban a los niños en sus bayonetas para pasearlos por los aires como trofeo de guerra..
-Sí, de eso he oído hablar –corroboraba Willy.
-Según los escribas –decía  Shall- para estar en las páginas de los libros hay que ser un “engalonado” o un doctor. Para ellos no existen héroes indios o mestizos, menos aún los hijos del pueblo.
-En eso tienes razón.
-Claro que sí. Resulta que mis abuelos maternos tuvieron a su primogénita, la más querida, la más admirada. Era de tez blanca, cara redonda, ojos grandes sombreados por negras pestañas. A ella no querían ni que le dé el sol ni el aire. Los mimos lindaban casi en la candidez. En eso llegaron los Chiles, cuando el cariño florecía y las esperanzas de un mejor mañana se acurrucaba en las tibias imaginaciones.
    El abuelo Agustín tenía ascendencia en el pueblo, más aún entre los nativos, quienes se guarecieron en sus predios en busca de protección ante el pillaje de los invasores. Agustín se convirtió en el interlocutor de los Chiles, quienes le demandaron  ser el responsable del avituallamiento, el aseo, la alimentación y el hospedaje. Allí fue que las nativas se arremolinaban como moledoras de granos en inmensos batanes, otras como cocineras, lavanderas o simplemente como barrenderas. Los varones recopilaban de las collcas todo lo que era de comer, partir leña, matar ganado u ordeñas a las vacas con tal de que los malditos invasores no sigan exterminando a la población con algún pretexto.
    Allí se vio el genio imperturbable de doña Petita , que en un principio pensó que su marido estaba traicionando a su pueblo.
-¿Qué te pasa don Agustín –le increpó un día- te haz puesto a sebar a estos infelices en nuestra propia casa? ¿No te haz puesto a pensar en lo que le puede suceder a nuestra niña Santosa con estos angurrientos? ¡Reflexiona, piensa!.
-De eso quería hablarte –respondió Agustín- de nuestra suerte adversa. Pero no es momento de lamentarnos. Hasta este momento parece que nos hubiéramos puesto de acuerdo para lo que he previsto y para lo que estás haciendo. El secreto de nuestro triunfo está precisamente en hacerlos reventar de gordura. Hay que hacerlos panzar a los Chiles. Armas no tenemos y a ellos les sobra. Estamos en nuestra tierra y ellos están lejos de la suya. Estamos en ventaja con relación a ellos, más el coraje de nuestra gente que solo espera una orden.
-¿Y qué será de niña Santosa?, preguntó afligida.
-Escóndelo como hasta ahora en el compartimiento detrás del altar mayor de nuestra capillita. Dios la protegerá y tú también.
    En esos momentos se escuchó zumbidos de bala y gritos de la gente.
-¡Don Agustín!...los Chiles han apresado a nuestros jóvenes, gritó un anciano que había llegado a zancazos. Estaba visiblemente fatigado y sudoroso.
    Agustín, no tuvo tiempo para despedirse de su esposa, solo atinó a emprender veloz carrera hacia donde el mensajero le conducía. En el camino vieron que la gente se agolpaba en la plaza principal a donde ellos también condujeron sus pasos.
    Cinco jóvenes eran conducidos amarrados las manos en sus espaldas y atrás iban iracundos los soldados Chiles, chicote en mano, echando látigo a los presos de rato en rato para que aligeraran los pasos. A un costado, iba otro uniformado, al parecer era el jefe.
    Una vez en la Plaza, los condujeron al atrio de la Iglesia Mayor. Los pararon cara al pueblo para acusarlos de cabecillas de la resistencia.
-¿Qué ha pasado?, preguntó Agustín a un joven que estaba a su costado pálido y fatigoso.
    El muchacho al ver que podía tener confianza con Agustín, le respondió casi en secreto: En “Estrecho Nani”  han producido una galgada y una inmensa roca ha aplastado a varios Chiles, por eso los han traído presos, le respondió el muchacho.
-¿Y tú haz estado con ellos?
-Claro don Agustín, le dijo con orgullo y con una leve sonrisa en los labios.
    Para acallar al gentío, que no cesaba de murmurar, el jefe de los Chiles, levantó la voz amenazante ¡silencio cabros!, gritó con su característica voz tiple. Estos seres despreciables, dijo, han osado levantarse contra nuestro ejército invencible y han cegado la vida de nuestros héroes. Pero el castigo ejemplarizador será en presencia de todos ustedes, para que nunca más se atrevan a levantar ni siquiera un dedo. Diciendo esto, ordenó a que un pelotón de soldados Chiles se ponga delante de los jóvenes presos para fusilarlos. Reinó en toda la Plaza un silencio sepulcral. De los ojos de las ancianas brotaron copiosas lágrimas, los varones empalidecieron y los niños se agarraron fuertemente de las faldas de sus madres. De pronto, una voz potente y viril rasgó la soledad reinante, era Mañuco, uno de los condenados al fusilamiento. Al igual que los del grupo, también tenía vendado los ojos.
-!!!Huaracinos!!!...-gritó a todo pulmón- no teman a estos forasteros, son como cualquier guiñapo…si no tuvieran armas, ahorita estarían temblando de miedo…se hacen los machos porque tienen armas. !!Huaracinos…!!!...la vida de rodillas es para los cobardes, la vida con lucha es de los héroes…resistamos a estos invasores…!!Huaracinos…vivamos de pie, no de rodillas…¡¡
    Allí entre la muchedumbre estaba Agustín y los que le rodeaban le conocían, pero guardaron silencio. Allí también estaba la pareja inseparable, Petronia y Luciano que daban todo de sí para ser felices.
-¡Apunten…! Gritó el jefe del pelotón.
    Hubo suspenso en la muchedumbre que llenaba la Plaza.
-¡Viva Huaraz…! ¡Viva la resistencia…! Gritaron todos los condenados…
-!!Fuegoooo¡¡ rugió el jefe Chile y los fusiles vomitaron balas
    El silencio se perdió en los oídos de los cerros y cinco cuerpos rodaron al suelo pesadamente. La gente gritó: !!Alllaaaaaauuuuu¡¡¡¡ y comenzaron a llorar de impotencia, desconsoladamente, especialmente las mujeres y los niños.
    El pelotón Chile dio media vuelta y luego se retiró a sus cuarteles marcando el paso un, dos, un, dos…
    Las madres y parientes de los jóvenes muertos se ahogaron en llanto y cogieron sus cuerpos amorosamente. Agustín sintió que la tierra se lo tragaba, sus pasos y su conciencia le remordían desde el comienzo al final de su existencia. Este es el traidor, le señalaban las matronas de la ciudad con disimulada hipocresía en busca de culpar a alguien del desenlace de los acontecimientos. Este es el que engorda a los Chiles, para que maten a nuestros jóvenes.
    Agustín sabía que no eran ciertas las acusaciones que le hacían, porque él tenía otros planes para luchar contra los Chiles.

                    ***

Por un estrecho camino rodeado de arboledas y cantarinas aguas, se deslizaban Petronia y Luciano. Mil veces se prometieron amor eterno y mil veces se hicieron la misma pregunta, como si alguna duda estuviera martillando a su cándido y dulce amor.
-¿Me quieres, Petronia?
-Te lo repito amor mío, solo tú existes en mi vida.
-Pronto nos casaremos, tendremos hijos y seremos felices, le decía Luciano tomándole la mano con suave caricia.
-Pondremos una enorme farmacia para ejercer mi profesión, le respondía Petronia.
-Y cogeré las flores del campo para adornar tus sienes. Descolgaré el sol para que ilumine nuestra casa…
-Sí mi vida, si mi cariño.
   
-Tortolitos parecen, comentaba la gente al verlos tan felices.
-Nunca he visto en mi vida una pareja tan unida y amorosa, decían las matronas.

    En eso llegaron unos soldados desconocidos, decían que eran Chiles y habían invadido el Perú.
-¿Y dónde estuvieron los moquehuanos y los arequipeños que los dejaron pasar…? ¿No se decían que eran machos y patriotas?
    Nadie encontró la respuesta.

                    ***

    Cien soldados Chiles y doscientos campesinos de las zonas rurales de Huaraz, hacían esfuerzos supremos para mover el enorme peñón que se había posesionado de “Estrecho Nani” luego de una galgada producida por jóvenes lugareños. Las pastoras de las partes altas decían que habían sido el Llogi, el Maya, el Pulli, el Japi, el Olli, el Minchi Pablo y otros jóvenes de la comarca. La peña aplastaba a varios soldados extranjeros. Llegada la noche y cansados de tanto esfuerzo, los Chiles se dieron por vencidos, abandonaron la tarea de voltear la peña para encontrar los cuerpos de sus compatriotas cuando el crepúsculo lloraba arreboles de sangre.
-Malditos indios, han quedado con su gusto, murmuró el jefe de los Chiles, secándose el sudor del rostro con el dorso de la mano izquierda. Estaba visiblemente indignado.
    En tanto los campesinos sonrieron de contento y más bien bautizaron al peñón como “Chileno Gkaka” en memoria a la  venganza por lo que hacían los invasores.

                    ***

    Pero las promesas que se juraron Petronia y Luciano fue antes del fusilamiento de los cinco jóvenes huarasinos. Ese acto cruel y despiadado, cambió por completo las intenciones de Petronia. Aún no creía en lo que habían visto sus ojos. La caída de los cinco jóvenes con una medalla grana en el pecho producida por la bala, la sangre que corría a torrentes por las escalinatas del atrio de la catedral, el llanto inconsolable de las madres, niños y ancianos y el pueblo acongojado y en fin toda la tragedia, enlutó su alma. Durante una semana, Petronia se encerró en su cuarto sin probar alimento. Todo era llanto, todo tristeza; a cada rato se le venía a la memoria la caída de los pesados cuerpos de los patriotas huarasinos, vivando a su patria y a su terruño.
    Luciano la visitaba con frecuencia, pero sus súplicas fueron vanas. Siempre la puerta estaba infranqueablemente cerrada. De nada servían sus súplicas, de nada sus consuelos. Siempre la misma respuesta…el silencio…

                    ***

    Desde las alturas de la Cordillera Blanca, un grupo de jóvenes esperaba el paso de los soldados Chiles que obligadamente tenían que pasar por “Estrecho Nani”. Un camino sinuoso que desde las alturas se veía como un hilo extendido dentro de la quebrada. Los Chiles, muy de madrugada y como de costumbre se trasladaban de pueblito en pueblito para saquear las joyas de las imágenes de las capillitas o de los hacendados o terratenientes. Lo que buscaban era oro, plata y todo objeto de valor. Junto a su fusil, llevaban un talego de cosas saqueadas, del que nunca se desprendían ni para dormir. En ellos la ambición crecía, cuando escuchaban de los nativos que allende los nevados había templos suntuosos con ídolos de oro y plata. Astutamente preguntaban los secretos para llegar y de chisme en chisme formaban grupos para ir a esos lugares palaciegos. Los jefes los dejaban ir a cambio de que la mayor parte del botín fuera para ellos.
                    ***

    Hasta que se escuchó la voz del vigía: ¡Allí vienen los Chilesssss!!
    En efecto, una columna como de cien soldados Chiles se aproximaba por el estrecho camino de herradura. Pulli, el mayor de todos tenía que dar la voz para producir la galgada desde el filo del cerro. Ellos estaban provistos de barretas, maderas y sus propios brazos. El plan era producir la galgada y luego huir en diferentes direcciones para no ser capturados.
    Así fue. De pronto un estruendoso ruido ensordecío los cielos y repetían los cerros. La enorme roca bajó como si hubiera sido disparada por una honda en el preciso momento en que pasaban los extranjeros que al ser sorprendidos se quedaron perplejos. Unos querían retroceder y los otros deseaban avanzar. Ante aquella confusión les cayó la enorme roca aplastando a muchos de ellos.
    Sin embargo, los sobrevivientes persiguieron a sangre y fuego a los Patriotas huarasinos, logrando capturar a cinco de ellos que ofrendaron sus vidas en la Plaza de Armas de la ciudad. Los que tienen memoria, aún recuerdan cómo los Chiles murieron y por qué a esa roca que aún permanece en el camino lo llaman “Chileno gkaka”.

                    ***

    Siempre las viejitas tienen algo que comentar. Mi abuela cuando se sentía deprimida o presagiaba algo malo, decía: “Dios nos libre de las horas menguadas” refiriéndose a los momentos menos pensado, pero más trágicos.
    Sin duda eso le basto a Luciano el momento que recibió una inesperada carta totalmente manchada y casi ilegible. Ay de mi, se dijo en su interior, algo malo pasa. Y cuando comenzó a deletrear las primeras líneas, sus ojos se nublaron y su cabeza se agigantó. Su corazón se apresuró y sus piernas flaquearon. Sus manos temblaron y su nariz se tupió.
    Luciano, amor mío, empezaba la carta, difícilmente legible, sin duda por las lágrimas. Sé que algún día comprenderás mi decisión –continuaba- he visto caer los cuerpos de cinco jóvenes acribillados por balas asesinas sin que nadie del pueblo haga algo por vengarse, sin embargo, sus memorias exigen que cambiemos de actitud. No importa que arriesguemos nuestro amor, por muy puro o santo que haya sido. Primero está el honor de nuestro pueblo, luego está el amor que nos tenemos.
    Luciano no entendía que quería decirle su amada Petronia y el súbito cambio a sus promesas.

    Por eso, he decidido alejarme de ti, amor mío, sabiendo que lo nuestro nunca fue un amor egoísta. Sé que los Chiles avanzan por Huanuco a sangre y fuego, han fusilado a Leoncio, luego que terminó su taza de café y aquí en nuestra Plaza acaban de fusilar a cinco de nuestros mejores jóvenes. Por eso creo que he encontrado la forma de vengar a nuestros mártires.
    Luego de leer la presente, quémalo y haz de cuenta que junto a nuestros cinco patriotas, he muerto también yo. Siempre te amaré, pero entiérrame en tu corazón y nunca más pronuncies ni siquiera mi nombre.
    Terminaba la misiva con una firma ilegible.

    Esta vez el que se encerró en su cuarto fue Luciano. Muchos días y muchas noches permaneció anonadado, perplejo. Buscando el hilo de su desgracia y el origen de su desventura. No podía creer lo que le estaba pasando. Tan inmenso amor, se ahogaba en una taza de lágrimas. Hubo momentos de flaqueza en que el joven pensó quitarse la vida. Pero no, eso sería cobardía y darle gusto al perverso destino. Por eso se vistió de coraje, se quitó la mortaja de tristeza dirigiendo sus pasos a otras metas. Él también formaría parte de la resistencia.

                    ***

    Todos pensaban que don Agustín se había vuelto loco. En forma sigilosa llenaba su alforja con semillas de higuerilla, para luego dejarlo en poder de su esposa Petita.
    En todas las oportunidades que don Agustín pudo visitar a su familia por contados minutos, notaba que el número de campesinas iba en aumento para cumplir las tareas domésticas. Los corredores y los patios estaban llenos de campesinas que molían granos. Otras lavaban  o sencillamente preparaban los alimentos en grandes peroles para el ejército de los Chiles que llegaba muy entrada la noche y desaparecía  muy de madrugada, siempre descontento, siempre hambriento, siempre sediento y en ocasiones los soldados no aguantaban el hambre, tomaban los gigantes mates, los llenaban de “machca” y para hacer bolas de harina, llenaban agua en la sequia de Cinco Esquinas, para revolverlos con los dedos de la mano.
-Estos bestias tragan como chancho, decía la gente al verlos devorar la masa.
-Agua también toman de la misma sequia, comentaba la gente.
    Los Chiles para recibir los alimentos, hacían cola cada  noche encabezados por sus jefes, los subalternos al último, ordenaban.

                        ***

    En un ángulo superior de la ciudad, casi cubierto por las malezas, juncos y pencales, capulíes y molles, estaba una rústica vivienda de apenas dos cuartos y una cocina de donde pocas veces salía humo, porque casi nunca se prendía el fogón.
    Allí los Chiles habían descubierto, que vivía una hermosa mujer de blondas cabelleras negras, curvaturas corporales muy pronunciadas y lo que es más su piel era tan blanca como las nieves de la cordillera. Desde que la conocieron, comenzaron las colas por conseguir unos momentos de placer, al que ninguno de ellos era rechazado por la fogosa damisela.
-Esta mujer me ha enloquecido, decía un soldado Chile, mientras hacía cola.
-Es una máquina peladora muy moderna y eficaz, añadía otro.
-Tiene una magia que atrae, aseveraba un soldado blanco.
-Sus caricias son como candela.
    De allí nació el apelativo de “Tía Candela” que se volvió famoso por todo el pueblo y sus alrededores. Durante los descansos, al irrumpir en los pillajes, en la ciudad o el campo, siempre en sus conversaciones, estaba la “Tía Candela”, mujer muy mentada por sus caricias a tal punto que no aceptaba estar con un solo hombre, sino que pedía a que la visitaran un mínimo de cinco soldados y si le insinuaban a que se acueste con ella un paisano, protestaba airadamente: ¡Eso si que no, con mis paisanos, ni a la puerta!.
    Así nació la admiración de los forasteros y el odio despechado de sus coetáneos que se conformaban con acariciar las noticias sensuales que narraban los Chiles con lujo de detalles.

                    ***

    Una noche de gigante luna que apareció por Rataquenua, los Chiles cenaron en el patio y otros bajo la penumbra de los candiles. Al final de la merienda algunos escandalosos eructaron y muchos escarbaron con palitos los restos de charqui que habían quedado entre los molares.
    Unos se fueron a acostar y otros se posesionaron como vigías, según sus turnos. Pero a media noche comenzaron los vómitos y diarreas incontenibles de todo el ejército acantonado en la vivienda de don Agustín. Con los esfuerzos que hacían al voltear lo indigerible, sus ojos querían desorbitarse y sus tripas se querían salir por la boca.
    La soldadesca que se hacía llamar “de machos y cabros”, inmunes a los peores rigores y sacrificios, se quejaban como niños de dolores estomacales. Tirados en el suelo como moscas moribundas pedían auxilio.
-¡Maldita Petita…algo nos haz dado…nos estás envenenando…
.Ay…ya no puedo más…así será el parto…así se aproxima la muerte de los héroes, decían en medio del lamento.
    Las cocineras, encabezadas por doña Petita, contemplaban a los Chiles que se revoltijaban en el suelo como moscas moribundas. ¡Ojalá todos se mueran!, imploraban a todos los santos.
    El jefe de los Chiles hizo llamar a don Agustín para que le diera una explicación de lo que estaba sucediendo, pero no aparecía por ningún lado como si la tierra se lo hubiera tragado.
    Al día siguiente, los Chiles, echo unos trapos, buscaban vengarse de alguna forma sembrando el terror entre la servidumbre y hasta intentaron subir a la collca donde se guardaban los alimentos, pero en eso doña Petita se puso delante de la escalera con los brazos abiertos:
-En mi casa mando yo, pasarán por sobre mi cadáver pero no entrarán a mis almacenes. Con los hombres hagan lo que quieran porque son unos cobardes, pero en mi cocina mando yo, les advirtió con firmeza
    Al ver el coraje con que hablaba Petita, los Chiles se acobardaron y dieron marcha atrás, en sus propósitos.
-Camarada, casi arrojo mis intestinos…
-Yo estoy arrojando sangre…
-De alguna manera, estos cabros me lo pagarán. Era la conversación de los convalecientes soldados.
    Mientras tanto, doña Petita, mil veces recomendaba a la servidumbre a que no abrieran la boca para nada. Lo que habían hecho tenía que mantenerse en la más absoluta reserva. Sus cálculos fallaron, no había muerto ningún soldado enemigo, solo les había servido de eficaz purgante.

                    ***

    Pasó poco tiempo de este incidente en que puso las relaciones tensas entre los Chiles y los nativos. En eso comenzaron los comentarios a baja voz de que se aproximaba la retirada de los invasores a su patria.
    Así fue, una mañana lluviosa tomaron sus cacharpas y sus talegos de joyas saqueadas a los templos y capillas de los pueblitos y comenzó la retirada con disparos al aire. Al percatarse de este hecho, los huarasinos subieron a las torres de los templos y echaron al vuelo las campanas que cantaron sones alegres después de mucho tiempo. La gente se arremolinaba en plazas y calles y vivaron a la Patria y al carácter indómito de los pobladores, que soportaron con estoicismo los sinsabores de la ocupación de los Chiles.

                    ***

    Don agustín y un grupo de notables se constituyeron a la casa de Petronia para que compartiera la alegría de los lugareños, pero no abrió la puerta, por el contrario lo aseguró más por dentro.
-Señorita Petronia –le dijeron desde la entrada, vamos a compartir la alegría por haber logrado que los Chiles se vayan.
-Don Agustín –respondió al fin una voz ronca y cansada- para mi no hay alegría ni fiesta. El día que renuncié al amor de Luciano, juré enterrarme viva, aquí en Carmen Alto. Sin duda causaré asco, pero ha sido mi forma de lucha contra los malditos Chiles- Espero que me comprendan y pidan a Dios que perdone mis pecados-
    No bien caminaron cincuenta metros, el techo de la casa de Petronia comenzó a arder. Llama abrasadora salía por el techo y densa humareda inundaba los campos.
    La misma comisión volvió al lugar con intención de sofocar el amago de incendio y fue don Agustín, quien rompió la puerta y al ingresar vio que la ropa blanca de novia de Petronia ardía intensamente. Mientras que ella permanecía inmutable, serena, esperando la muerte.
    Cuando Agustín la quiso tomar entre sus brazos para sacarla afuera, ella se lo prohibió.
-No me toque don Agustín…estoy maldita, mire mi rostro.
    Diciendo esto se quitó el velo de la cara y cuál sería la sorpresa de don Agustín y sus acompañantes al ver que era una monstruo.
-Soy sifilítica y apesto por las enfermedades venéreas –se confesó Tía Candela-ante el estupor de los presentes. No me toquen y por favor, váyanse…
-Te salvaremos e iremos ante los más mentados curanderos, dijo don Agustín.
-No –replicó Tía Candela-para estos males no hay remedio. Tomó aliento y nuevamente ordenó ¡Váyanse…!
    En eso irrumpió Luciano y sin dar tiempo a ninguna reacción, abrazó a Petronia, su amada Petronia.
-¡Necio…! No sabes lo que estás haciendo le dijo Petronia con lágrimas en los ojos.
-Tú sigues siendo mi amor, le replicó Luciano cargándola entre sus brazos con tierno cariño sin importarle los pronunciados granos y el color cardenal de su cara. Ayer te amé, hoy te adoro mi dulce Petronia. Nunca he dejado de pensar un instante en ti. Siempre en mis pensamientos. De día o noche te llevé en mi corazón. La llama de mi cariño, cada vez ha ardido con más furor.
-¡Cuidadooooo!!...Gritó un vecino al ver que un pesado madero del techo en llamas caía sobre la pareja que nada pudo hacer por salvarse.
    Los demás trataron de sacar los cuerpos moribundos, pero era tarde. Las heridas eran mortales. El amor los unió por una eternidad.
-Ha muerto Tía Candela, comentó alguien, pero los demás le callaron la boca increpándole que nunca existió esa mujer, sino la “Señorita Petronia”, que a su manera luchó contra un ejército invasor.
    Nadie supo, que Petronia se inoculó sangre contaminada con sífiles, con el fin de perpetuar su venganza contra los Chiles por haber fusilado a cinco jóvenes de su comarca. Ella a su modo, sacrificó su más puro y sincero amor por su Patria, su ciudad y la juventud.

                    ***

    La niña Santosa salió de su enclaustramiento y comenzó a recorrer los campos, persiguiendo a las palomas y torcazas. Se dejaba seguir por las ovejas tiernas que balaban al compás de los cánticos de la niña liberada.
    Don Agustín se convirtió en un solitario habitante entregado a la horticultura. Nunca averiguó lo que se decía de él en la ciudad.
    Abuelita Petita casi siempre sonreía a solas al recordar que hizo moler grandes cantidades de semilla de higuerilla para que con su aceite aderezara la última cena de los Chiles que no se sabe qué pudo suceder que no murieron en masa aquella noche de los vómitos y diarreas.
    Así fue la contribución de los pobladores que a su manera lucharon contra las huestes invasoras y del que nunca se jactaron ni vanagloriaron hasta el punto, que casi nadie recuerda este pasaje de la historia.

(*) Cuento de Olimpio Cotillo C., publicado en el libro: Cuentos Fantásticos con Alma Humana. Pag. 110 al 140. Ediciones CAFÉ-2004

Fuente:

http://www.olimpiocotillo.com/index.php?option=com_content&task=view&id=1875&Itemid=33


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