jueves, 18 de febrero de 2010

EL MILAGRO DE LOS CUYES DE ORO - CUENTO DE ADDEMAR H.M SIERRALTA NÚÑEZ - MIAMI

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EL MILAGRO DE LOS CUYES DE ORO

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(Cuento)
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Un relato de amor y de esperanza; de solidaridad y esfuerzo, nos ofrece Addhemar H.M. Sierralta Núñez (Miami), inspirado en el espíritu de los indígenas cusqueños.
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Santusa Quispe vivía en una choza muy precaria a pocas leguas de las ruinas de Ollantaytambo, en el Cusco. El panorama que la rodeaba era siempre muy hermoso pero sus necesidades eran muy grandes. Vivía con cinco hijos pequeños que mantener y apenas si conseguía comer con los pocos cuyes que le quedaban. Todos dormían y preparaban sus alimentos en una sola habitación que compartían con los animalitos.

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Sus hijos –que oscilaban entre los seis y catorce años de edad- tenían que caminar mucho para llegar a su colegio. Durante el día, Santusa, laboraba en una chacra donde además de cultivarse pan llevar se criaba ganado y elaboraban quesos. Aprovechaba el acompañar a los niños y niñas hasta la escuela y luego se dedicaba a su labor ya que su trabajo estaba cerca de allí. Al mediodía ingerían algo de alimento de un tambo cercano y sus hijos le ayudaban en la faena hasta la caída del sol en que emprendían el retorno a su choza.

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Así transcurrían los días, semanas y meses hasta que una noche al regresar a su casa se encontró con la sorpresa que solo le quedaban dos cuyes. Sacrificó a uno de ellos para preparar un caldo y comer la poca y magra carne del roedor. Cuando iba a hacer lo mismo con el segundo animal escuchó una voz :

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- No me mates mamita … no me mates- era la voz del cuy, era una súplica y hasta parecía que le salían lágrimas.
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- ¡ Ay, taita Dios ! – exclamó Santusa.
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Todos quedaron estupefactos, asustados realmente. La humilde señora tomó al cuy entre sus manos y le dijo : te prometo no hacerte daño … gracias, dijo el animalito. Y acariciándolo lo colocó nuevamente en la caja de madera donde lo tenía.
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Al rato, y poco antes de dormirse la familia, el cuy volvió a hablar : he visto todo este tiempo la pobreza y esfuerzo que pasas … también el cariño hacia tus hijos … también conozco de tu dedicación al trabajo … por eso y en retribución a que me conservaras la vida deseo premiarte. Santusa y sus hijos estaban más sorprendidos aún. Y cómo vas a hacerlo amigo –replicó ella- si solo eres un pequeño cuy … tengo el poder para ello, le contestó. Mañana al amanecer encontrarás a mi lado, en la caja, media docena de cuyes de piedra gris. Irás con ellos, el fin de semana , hasta el pueblo de Pisac y los venderás a los turistas. Con el dinero que obtengas marcharás donde tu vecina Paulina, que está enferma, y se lo entregarás … y entonces cómo me ayudarás … hay gente que todavía necesita más que tú … Y al día siguiente ocurrió como dijo el cuy. El fin de semana Santusa fue a Pisac y vendió todos los cuyes de piedra y ese dinero fue entregado a su vecina.
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La noche del domingo volvió a hablar el cuy … esta vez verás al amanecer seis cuyes de plata que los venderás también, el fin de semana, en Pisac … el dinero que logres lo obsequiarás a don Heriberto, el dueño de la chacra en que trabajas, pues tiene que llevar a Cusco ese mismo día a su hijo menor que necesita una operación urgente. Y nuevamente sucedió como dijo el cuy. Y Heriberto pudo llevar a su hijo al hospital y salvarle la vida, gracias a los cuyes vendidos por la mujer.
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El viernes de la tercera semana el cuy le dijo a Santusa que al amanecer encontraría seis cuyes de oro, brillantes como el sol. Tendrás que ir a Pisac y los venderás a los turistas y el dinero que consigas lo usarás para las necesidades tuyas y de tu familia. Y cumplió nuevamente, Santusa, con lo que el cuy le indicó. El dinero obtenido lo guardó en su choza y esa noche se dedicó a pensar en la forma que invertiría lo logrado, que en realidad era muchísimo dinero. Le alcanzaría para tener una mejor casa , buenos colegios y universidades para sus hijos. Ni qué decir de la ropa y mejora en la alimentación que lograría. Antes de dormirse se acercó a la caja donde estaba el cuy para darle las gracias. Pero el destino le tenía reservada una tremenda novedad : la muerte súbita de su amigo el cuy.
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Mientras el llanto de Santusa y sus hijos se hizo presente, porque el cuy yacía sin vida en la caja, volvieron a escuchar una voz … pero esta les era muy familiar … era la de Jacinto, el esposo que pensó muerto hace años por el derrumbe en el socavón de una mina antigua.
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No podían creerlo pero allí, detrás de ellos, a la entrada de la choza, estaba el esposo de Santusa y padre de sus hijos … aún llevaba el casco de minero y entre abrazos y sollozos les contó que la noche que se derrumbó la mina quedando atrapado en la oquedad de piedra y en donde encontró un pequeño cuy … pensó en comerlo porque tenía hambre … pero el animal mirándolo le suplicó que no lo hiciera … pensé que estaba loco o delirando se dijo asimismo … le perdoné la vida y al instante aparecimos en un campo junto a los andenes … allí me di cuenta que yo también era un cuy, como mis hermanos, y he vivido con ellos mucho tiempo hasta que un día alguien nos capturó y nos vendieron en el mercado … luego nos compraste y fui el último cuy que te pidió le perdonaras la vida.
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Esta experiencia me permitió conocer que aún en nuestra pobreza existe gente más necesitada … por eso te pedí ayudarás a quien más lo requería, dijo Jacinto a su esposa. Entre los cuyes existe un alma solidaria que viene desde los ancestros … por eso el Dios Inti nos ordenó la misión de alimentar con nuestra propia vida a nuestros hermanos.
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Desde ese día la familia, nuevamente junta, usó el dinero proveniente de los cuyes de oro en armar su propio negocio de artesanías y además de ayudar a sus hijos proyectaron la ayuda a los demás en las comunidades cercanas creando una cooperativa de ahorro y crédito para los vecinos del Valle Sagrado. El milagro de los cuyes de oro se repite en la laboriosidad y solidaridad de nuestro pueblo nativo. Esa es su riqueza y su fuerza.

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Fuente:

TIEMPO NUEVO

Addhemar Sierralta

Año 2 No. 59

Miami, 18 FEB 2010

Entrada editada por Armando Alvarado Balarezo (Nalo)

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